LA CAPITAL QUE AÑORA SU ÉPOCA DE PLATA
Columna escrita por: H. R. Cordero
Las ciudades son sinónimos de la grandeza guardada en las manos del hombre; por ende, de la especie humana. Son los hogares secundarios de una región, pero que rigen a toda una estructura que evoluciona o es capaz de involucionar a un cierto país. Tegucigalpa cumplió recientemente 443 años de fundación por parte de los colonizadores españoles en 1578.
En cuatro siglos con cuarenta años hemos hecho crecer esta ciudad para ben y mal, pero que esta tercera década del nuevo siglo la hemos convertido en un inmenso laberinto repleto de curvas, peatones que hacen asomar al abismo, calles sin sentido aparente y una gran falta de remodelación en sectores que fueron los primeros en ver la época de gozo sano y sereno de la Real de Minas de Tegucigalpa, ahora solo en su última forma.
Los laberintos de los antiguos mitos griegos ven con desprecio la forma que la capital hondureña ha querido imitarlos, teniendo como producto de esta asimilación fracasada, una urbe que consume terreno cada vez que residenciales y colonias ajenas se instalan para autoproclamarse de las primeras de la capital, cuando la verdad es que la migración interna los ha movilizado hacia las fronteras de la ciudad capital.
No se puede envidiar y poner en juego de asimilación a las bien logradas cabeceras estatales mexicanas, ya que sus definiciones limitantes entre cada municipio y/o estado son respetadas y aceptadas por poblaciones o masa demográficas que comprenden las expresiones gentilicias como: “Zacatecas para los zacatecanos”, “Morelos para los morelenses”, “Ciudad de México para los chilangos”, y un extenso etcétera.
La
razón del porqué no de lo anterior es debido al pensamiento hondureño de la
mala imposición de sentimientos pacíficos (elemento sustancial de una
ignorancia expansiva), y la hondureñidad debilitada que lleva a la búsqueda de
oportunidades en otros entornos, como lo es en este caso Tegucigalpa. Hay
barrios y colonias que se apegan a la estancia de las estaciones, a la
añoranza, a las imágenes del ayer. Los habitantes claman por una serie de
cambios y mejores vistazos a todos los rumbos de la “vieja Tegucigalpa”.
Existen
personas que dicen ser capitalinos, sin haber conocido y caminado por el Centro
o las inmediaciones de los templos con arquitectura y diseños españoles
cercanos al barroco de la Catedral San Miguel Arcángel, Santa María de los
Dolores o el Calvario. Haber consabido a otros sitios celebres de la “vieja
Tegucigalpa” como el centro comercial Midence Soto, la estatua de sentido
inmortal del General Francisco Morazán, la Biblioteca Nacional, el Parque La Leona,
el Teatro Manuel Bonilla, el Parque la Concordia, el Museo de Identidad
Nacional (MIN), entre otros.
Tegucigalpa
como todas las ciudades de Honduras deben recuperarse, reformarse, resaltarse
culturalmente y aprender a filo de sable si es posible, para recomponer la
hondureñidad como un todo y nunca como un objeto solamente perteneciente a oligarquías
políticas conocidas. La capital añora lo que la hizo alguna vez ser el ejemplo de ciudad central de la república centroamericana.
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