El Trópico del Miedo #1
Alguien se despierta por la mañana, su frente está sudorosa debido a toda una noche de insomnio, pesadillas o pensamientos intrusivos de carácter disociativo que le han hecho considerar que un desconocido lo observa, cuando en realidad, está solo en su cuarto y con una galería vasta de recopilaciones sobre lo que ha sido su vida en los casi cuatro años que lleva inmerso en una guerra, un conflicto armado suscitado ante un enemigo invisible y que lo conoce a la perfección. La persona sale de su refugio en un segundo piso y contempla el cielo desde el balcón quebrarse en formaciones humeantes y tóxicas tan altas que le inspiran a decirse para sí: “Vaya vistas”.
El calor no le hace efecto, pues se acostumbró a dormir sintiéndose que duerme en hogueras hirvientes para conservar esa sensación de que se ahoga. No toma café, sino jugo de naranja para aligerar los nervios de tan turbante noche y ser más ácido de lo que es. En el fondo, se hace a la idea que es un soldado o un sobreviviente de alguna legión o milicia que se perdió, ¿a dónde?, quién es capaz de saber.
En su refugio, suele escribir y narrar notas sobre la situación difícil que ha estado viviendo desde que el conflicto asoló la mayor parte del mundo. Su terapia consiste en escribir en hojas de papel que halla entre el polvo del refugio sobre lo que generalmente hace a la semana y cómo se siente al efectuar sus distintas labores solitarias, a pesar que el individuo adora estar solo, sabe que eso en parte es lo que más mal le tiene. Una práctica que considera como poco determinada a corto plazo, pero que se torna útil a un plazo largo. Todo lo que vive en una ciudad sumisa del trópico debe encaminarse a nunca dejar de ser lo que es, una demostración de que por mas futiles sean los intentos de ser alguien siempre tendremos esa típica irracionalidad.
Desde su refugio mira la poca gente pasar por la calle hacia sus destinos portando algo en sus bocas como un tipo de máscara de gas usada contra gases provenientes de fuentes líquidas. Su mirada es inquisitiva, casi de un supremo terror que le lleva a estar atento de quien puede ser ese adversario invisible que lo acecha hasta en sus sueños. Repudia a quienes no portan esa máscara con un odio que lo lleva a culpar a esos insensatos de la propagación humana de la plaga.
No conoce otra cosa más que odio contra un mundo estático en una ataraxia inverbe que no cesa de multiplicarse. Nadie hace caso hasta que la muerte los sentencia a verla con visages de sufrimiento y con los pulmones vueltos baules de masas carmesíes envueltas en mantos negros que pronto los buítres querrán. Por las viejas redes sociales, se hablaba de una quintagésima novena ola de contagiados, pero de tantas veces que se quiere ponerle un número a la muerte eso solo es una mota adicional al jaguar.
A mano derecha de su balcón, la calle se extiende hacia un horizonte mucho peor de lo que ya es esa localidad olvidada y perdida en el tiempo. Por un momento puede oír los gritos, disparos y explosiones provenientes de la ciudad que el sujeto nombró como Nueva Libertalia y que lastimosamente era la capital del país en que estaba.
Como el aire había sido mancillado por la mano humana, el individuo se llevo consigo una máscara de polímero que consiguió de unos soldados de élite muertos frente a su hogar, su mochila, su fusil M16A1 y su tan preciada pistola Jericó 941 bien cargadas hacia afuera, donde él no existía. El individuo siempre procuraba de caminar rápido por las calles y zonas de fuego cruzado tanto de cartuchos como de menciones y actitudes lascivas, puesto que todo era desesperación, odio y miseria en Nueva Libertalia.
Mientras anda en busca de suministros (comida, agua, munición, insumos médicos, baterías, etc.) para las próximas lluvias ácidas, el individuo es testigo desde la sombra del cómo son esos bacanales consumados por congresistas de todas las facetas de la corrupción, sirvientes insanos y disque policías puestos a defender la deshonra. Los tiroteos entre los últimos regímenes del orden, milicianos en repliegues, la gran oleada de sicarios y los crueles sacrificios de los partisanos se concentran a la par que grandes cortinas de humo negro toman posesión de las oficinas institucionales y bancos a lo largo de la capital.
En los callejones más improvistos, el sujeto es testigo de crímenes de los que hombres y mujeres por igual cierran las puertas de sus casas con unos ojitos por ahí envueltos en lágrimas deseando no estar con los que consideró como padres. Familias que entierran a sus congéneres bajo la grava teñida de sangre. Los niños ahora son hombres y mujeres drogados con el poder que tienen sus lindas armas nuevas, unos dispositivos que consumen el tiempo a diestra y siniestra, a la par que demandan conocer sobre el placer y el vigor combinados. La fauna urbana es consumida y vendida, ¿por qué de esto?, pues porque los ganados fueron intercambiados por animales domésticos incluso alimañas.
Al ir a la última base de su viejo regimiento, el individuo nota que ya había sido saqueada, así que entre los reductos de todo busca las últimas latas que podrían quedar en el almacén. Halla lo que puede, pero en eso escucha una estampida de gente correr de los disparos provenientes del centro. Un niño pequeño está llorando en busca de su madre en medio de la calle donde todos iban corriendo, el individuo lo ve y quiere lanzarse a por él, sin embargo, el pobre es aplastado por los pies en carrera desquiciada. El sujeto solo puede ver el cuerpo del menor siendo aplastado sobre el asfalto.
No puede con aquello y decide que ha sido todo por ese día, así que decide regresar a su refugio, no sin antes toparse con unos señores pidiendo insumos médicos y diciendo que los hospitales estaban desabastecidos. Uno de ellos que era tuerto de un ojo y camina gracias a una muleta llegó a mencionar que las jeringas usadas para muestras de sangre eran tubos de bolígrafos amarrados a una aguja de coser con cinta aislante. Ellos querían que el sujeto lo salvase, pero este huyó de la vorágine hacia los callejones.
Las paredes dejan relucir grafitis de mundanos sigilos, frases y retratos, mientras el individuo seguía su curso y era asediado por cortesanos del oficio más primitivo. En su cabeza se quedó la frase que vio en una de esas paredes que enunciaba: “Séase el Trópico del Miedo”. Se dirige hacia un baldío extenso, tratando de huir de sus perseguidores, pasa corriendo alrededor de unos 15 minutos cuando de pronto se mete a un hueco que lo lleva hacia otro solar infestado de zancudos y jejenes que sobrevuelan el zacate alto y lo pican a más no poder.
Confundido y en situación de inmensa alerta con un sol muerto apuntando, a su cuerpo, el individuo empieza a recordar lo terrible visto en tan poco tiempo. Su respiración aumenta y la frase “Séase el Trópico del Miedo”, se vuelve repetitiva, levanta su vista al cielo, solo para ver que una niebla sin origen lo cubre y le recuerda todos esos momentos en los que su sombra lo interceptaba.
De nuevo siente que su enemigo invisible está cerca de él, que lo puede llegar a sentir detrás de su cuello. Abre fuego y varios de sus perseguidores reciben la metralla directa para ser fulminados junto con la maleza. Entonces escucha su voz decir esa mortal frase tantas veces que quiere saber qué es por medio de una bala en su cien derecha. Lo piensa. Al final, otros escucharon las detonaciones y corrieron para atrapar al sujeto, sin saber que este descubrió otra ruta al refugio. Ya había tenido suficiente con Nueva Libertalia.
Llegando a casa, sus pasos eran más pesados de los que se suponía que debían ser. La televisión y su dispositivo electrónico de mano eran solo de adorno en la pequeña sala de su refugio, porque si los prendía y usaba por un rato, sería presa fácil para todos los mercenarios y matones a disposición del mejor postor, matarlo y robarse cual botín sus pertenencias o incluso ser presa de todos los que han vuelto del internet un lugar más utópico de lo que alguna vez fue.
El aire del ventilador es caliente, casi no sirve de nada solo mas que seguir darle la impresión que todo el ambiente es similar al de sus pesadillas. Decide dar un vistazo lo que le queda de provisiones y munición. Lo suficiente como para dos meses. Entonces se dirige al segundo piso para medir las reservas de agua que tiene en unos barriles. La verdad es que muy poco.
Al mediodía, el calor es insoportable, tanto que hasta podría calcinar tres huevos de un solo sobre el capo de un Camaro. Las explosiones y los disparos no paran. Los gritos y los llantos de auxilio hace mucho que ya no molestan al sujeto. Periódicos, latas de conservas y botellas de vidrio vacías dan la señal de que el sujeto se nutre más de la decadencia bien adoptada en su vida que de lo que consigue para su último bienestar. En el fondo, piensa que cuando toma agua, en realidad es alcohol lo que está bebiendo. La mente de esa persona esta claramente dañada o trastornada.
No solía leer tanto, aunque antes de que las cosas saliesen mal, lo hacía más por amor a las letras que por pasatiempo. Ahora, para matar tiempo suele realizar largas jornadas de ejercicio de recámara de dos horas. Lagartijas, abdominales, suspensión en barras paralelas, pesas, etc. Otros días, se dedica a limpiar y mantener en un estado nítido sus armas de fuego y afilar su hoja tipo bowie hasta que fuera capaz de cortar por la mitad un hueso, cosa que sí hizo, pero con el hueso del esqueleto de un perro.
Fumaba, pero trataba los cigarrillos como un tesoro del que solo podía disfrutar en momentos que sí costasen realmente la pena. Encartuchaba los cargadores tanto del fusil como de la pistola. Cuando cae el sol a eso de las cuatro y media de la tarde, escuadrones aéreos de helicópteros sobrevuelan los denegridos cielos en busca de dar apoyo a sus respectivas fuerzas de combate terrestres que podrían estar en un enraizado tiroteo o escaramuza hacia algún objetivo.
En el mundo no existen clases para los países o las personas, todos son lo mismo. Todo precepto creado por ellos, los desquiciados, quieren dar a entender que en sus tierras no hay nada más que voluntades derruidas hasta quedar en un largo y repetitivo ciclo de hábitos vueltos vicios para ser costumbres finales de una cultura que toma a la futilidad como parte de su cultura. Su estructura se quebranta ante los ojos del monte que no sufre ni goza, solo permanece inmóvil viendo cómo es que la civilización se desmorona.
Fueron ellos los que querían esto con suma pasión, con alta gracia en dirección a ese pálido azul que no existe, con tan natural de mentirse consigo mismo ¿Qué acaso nadie es capaz de decir que todo está cada vez peor que antes para así ahorrarse el dote de sufrir y entregarse a ese monte que tanto vigila por doquier? ¿Quién sabe? Porque tienen el valor de fingir ostentar la libertad que creen tener, cuando en sus espíritus yacen las cadenas que los hacen pararse en el corazón de la vorágine que en realidad es la nación cuyo nombre es maldición.
El sujeto se queda dormido por unos instantes encima de su cama de colchones mugrientos y el ruido blanco de la radio le vuelve a recordar el significado de su antagonista por excelencia que sabe bien cuando está soñando. El zumbido de los zancudos siendo invitados a sus curtidos aposentos, el llamado desde las posadas flamígeras del mundo, los rostros de quienes asesinó, los cigarrillos que fumó pensando con las personas que besó antes de irse, el acordarse de las numerosas veces en las que se adentra a esa selva inconmensurable a vivir de la lluvia que no parará, etc. Es ahí donde se despierta de un solo con la imagen en sus ojos de la identidad de su verdadero enemigo.
El trópico le enseña sus leyes por medio de la sangre y la pírrica gloria que se alcanza en sus dominios, resulta que en su interior reside un avatar propio del Soberano de lo Salvaje que le muestra el epicentro puro del cual los hombres sienten finalmente lo que se siente al encontrarse con el secreto que guarda el trópico. Unos sicarios cierran la avénida para atacar el refugio de nuestro amigo por el sencillo acto de querer, contando con el permiso de los gobernantes ahora rehenes de la bebida y de la nueva nación que engendrará las generaciones carentes de todo y a la vez de nada.
El individuo se levanta cuando los primeros disparos impactan su refugio, por lo que se arma y empieza a disparar matando a cinco de los probables doce matones que devolvían el fuego. Se separa de las ventanas al notar que los disparos provienen de puras AKM y Berettas potentes. Uno de ellos usa un lanzamisiles y tumba parte del refugio, envuelto en ira, el tipo sale de entre el polvo de la colisión y con un cinto cruzado de cargadores con la intención de terminar de matar al el resto de los sicarios. Más empezaron a llegar.
El sujeto se coloca en posición y arroja una grandas que hacen estallar a los carros venideros. En el tiroteo, es herido en el hombro izquierdo. Empieza a delirar con los rugidos desquiciantes del monte que hay en todas partes, cuando en realidad, está combatiendo por su vida en un trópico tan peligroso que le hace ver a su etéreo contrincante y todas esas ocasiones en las que lo vio antes de probablemente haber perdido la vida.
La balas se intensifican a cada minuto. El sujeto siempre ha creído que la vida no es más que una danza rampante de locura sobre los finos hilos de la cordura. No suele ver la vida pasar delante sus ojos, sino que por fin es capaz de apreciar finalmente una figura vaga de su contraparte, aquel que infringe más daño que las balas o que una herida de cuchillo. Al verlo, escucha los pasos de sus adversarios, se levanta y atesta contra todos logrando matar al menos tres. Los que quedan se refugian tras los vehículos todos dañados. El sujeto se aproxima hacia ellos en ráfagas, los casquillos vuelan cuales pájaros desenfrenados en las plazas de cualquier ciudad, mata a cuatro en el proceso dejando a dos con vida. Se harta y decide que el cuchillo será su mejor respuesta.
Ambos homicidas a sueldo e inconscientes, no saben con quien se metieron en sus ratos de falsa anarquía, así que deciden correr de la calle a punto de sumirse en la oscuridad. Todo era oscuro y sin astros en el firmamento a excepción de un delgado halo de luz rojiza que se encarna encima de las torres en llamas o devastadas por los bombardeos. Temen por sus vidas, ya que recibieron ordenes de matar a cualquiera que encontrasen en las calles para poderse convertir en señores de algo que no es más que unas estúpidas hectáreas de campo de hierbas, mujeres, dinero y armas para esparcir el legado de la Nueva Libertalia por todo el globo si es posible.
Corren por una serie de callejones hasta dar de cruces con una calleja sin salida. Apuntan a todos lados, pero solo hay una negrura en frente de ellos tan profunda y cruel que los lleva a disparar al azar pensando que su nuevo rival yacía ahí viéndolos mientras maquinaba la forma más brutal para acabarlos. No fue así. El sujeto se aproximaba hacia ellos desde algún ángulo o posición tan altiva y secreta que provocaría una respuesta final. Uno de los malhechores caminaba despacio de espaldas buscando un solo ruido para abrir fuego, cuando en eso una mano le cubre la boca y atraviesa su cuello de un solo. Su próximo objetivo, el líder de los imbéciles.
El líder de apellido Castro estaba decidido. No logró escuchar al último de sus hombres pedir ayuda ante el ataque sorpresivo y sanguinariamente fino de su presa, que resultó ser más listo de lo que pensaba. Castro oye un ruido a su derecha trasera, voltea y dispara. No había nadie. Los pasos sobre los charcos de agua estancada de las lluvias y sangre fluyen como una marejada urbana semejante a las breas del Estigia. Más que terror, hay ira acumulada dentro de Castro por ser engañado por un cervato que logró volverse en un ciervo inmenso y robusto con una cornamenta orlada de mil flamas fatuas.
Se retuerce por el sudor entre las sombras ahogantes. El gatillo sigue intacto y se desplaza hacia el exterior del callejón donde lo reta y le confiere los secretos que él sabe de nuestro protagonista. Su información más vital: antecedentes, logros, fracasos, familia y lo más bajo de todo, su nombre. El individuo se acerca a Castro y lo noquea por la espalda con la cacha de su pistola. Un aturdido Castro ve la cara de su presa, y se espanta al ver el rostro de un demonio o peor, el rostro de la parca.
A solo tres horas del amanecer, Castro es interrogado por el sujeto.
-Hasta que por fin veo el rostro del quinto jinete rojo. Creí que tu cara sería más fría. -expresó Castro amarrado a una silla en el refugio un tanto dañado.
-¿Acaso esperabas algo maldito desgraciado? -contestó el sujeto.
-Sí. A alguien que fuera más hablador y accesible. -
-Está. . . -respondió el sujeto arrojando la cabeza del último de sus hombres a Castro que se espantó al verla- . . .es mi forma de hablar. No lo olvides.
-¡CARAJO! -gritó Castro.
-¡Cállate! -ordenó el sujeto colocando un trapo mohoso en la boca de Castro- Me vas a responder lo que te diga o te haré lo mismo que tu amigo.
-¡Jódete! Maldito hijo de pu…-
El sujeto encajó su cuchillo en el muslo de la pierna izquierda de Castro.
-Bien . . . hablaré. -responde Castro.
-¿Quién te envió aquí? -
-Ochoa, Mario Ochoa. General al mando del 79° Regimiento de Artillería. -
-¿Por qué? -
-Quería que te lleváramos al frente oriental a que dirigieras los batallones en contra de la Gran Insurgencia Nacional y los partisanos de Macao de occidente. Saben todo sobre tu participación en la operación Visegrado y lo de tu escuadrón. Todo a cambio de la limpieza de tu reputación. -
-¿En serio crees que me importa el dinero de tus jefes cuando ellos no son capaces de detener la mega orgía que los del gobierno llevan a cabo en la calle? -pregunta el sujeto abriendo la herida del muslo hasta por debajo del abdomen.
-¡ARRRGHH! -
-Creí que los izquierdistas eran más fuertes por ser del rancho. Al parecer me equivoque. - dijo el sujeto enterrando el cuchillo en la pierna derecha e infringiendo el mismo tipo de herida en el muslo.
-¡CONSERVA CABRÓN! -
-No, no, no. No creas que solo por llevar uniforme, botas y armas estoy con ellos. Yo también he matado sin contemplación a esos maracas soberbios fascistas y tremendos amantes de la perica fina. Al final, yo creo mis propias leyes. Cualquier mierda que se me ponga de frente con intenciones claras de asesinarme, yo voy primero y lo hago lamentar hasta que toque el puto cielo ¿entendiste? -Castro asiente con la cabeza -Ahora, con todo claro ¿Cuál es tu nombre completo hijo?
-Héctor, Héctor Castro Martínez. -
-Héctor. Estas muy lejos de casa. En este lugar, los bienaventurados ladradores de ordenes como vos creen que toda la existencia se basa en sublevarse por siempre pidiendo a todo pulmón que el poder se ponga a sus pies y te sirva a vos y a tu futura descendencia. Queres saber qué significa sublevarse. Significa desatarse contra todos y todo. Puedo ver que vos no te has desatado del todo, al menos hasta donde decís que llegas en tus redes sociales, porque todavía portas las cadenas de la vanidad insulsa propia del linaje de tu familia en tu cuello. Pesadas y sofocantes como el carajo. En el fondo nadas con ellos y con todos los tantos pobres crédulos de tus seguidores a lo largo del río que tildan de “lucha verdadera”, creyendo que allí hallarán la paz final, cuando esto es solo una muestra de lo que el hombre guarda por querer desatarse. -
Héctor escuchó las palabras del sujeto con lágrimas en los ojos confundiéndolas con el sudor que caía de su frente. Todo lo que dijo resultó ser verídico. En la guerra, quienes dicen desatarse, no han visto lo que cualquiera puede ver más allá de las estancias del trópico. Una especie de llamada que atrae a los inocentes y a los culpables como tal a descubrir la única pieza incitadora al acto primordial del desquicio contra todo lo que yazca por donde se concibe ante la mente adocenada por el furor de los disparos recorriendo el panorama hasta impactar con el objetivo.
El sujeto saca una cajetilla marca Belnades donde guarda las piezas de oro que cualquier soldado (pulcro o renegado) pudiese querer en Nueva Libertalia, cigarros. Solo que aquellos no eran cigarros cualquiera, tenían algo mortífero dentro.
-¿Queres uno?-consulta el sujeto a Héctor.
-Porque no te lo metes en el . . .-
-Claro que sí. Ahí tienes. -dijo el sujeto poniéndole un cigarro en su boca, para prender el mechero y dejar que este inhalase el contenido.
Héctor escupe el cigarro al piso y su lengua estaba incinerada por el sabor de un fuego rancio. El sujeto se molestó por un instante al ver tal acto de hastío, de rechazo hacia su tesoro. Se dirige a Héctor al ver lo que hizo tomándolo por el cuello y acercando enfurecido su hoja al rostro de Castro.
-¿Cómo te atreves a rechazar el oro de un capitán? -
-¿Oro? Eso no es oro. -contestó asqueado Héctor.
-Pero claro que lo es, es el oro que los tripulantes del Venganza de la Reina dejaron a nuestros ancestros, los mestizos sometidos por los reyes de la península real. Es el único patrimonio real que tenemos y que por momentos nos da libertad. ¿Sabes qué complementa bien con este oro? -
- ¿Qué? -
-El jodido y hermoso trópico Héctor, en otras palabras, lo que usted puede ver cuando respira el impío aire de la libertad. Salvo que esta vez, usted no verá el amanecer. Usted y su intento de matarme, me quitaron las ganas de seguir respirando de ese aire que usted y su familia, así como la otras tantas familias anteriores corrompierón y que prometieron arreglar bajo los ojos de los padres fundadores de esta nación ahora un símil inculto del bien logrado infierno- concibió el capitán- ¡Contemple, Héctor! lo que se ha sembrado en nuestro hogar.
El capitán desencaja su cuchillo y esperó a que unos cazas que sobrevolaban las brumosas alturas pasaran para finalmente arremeter contra su víctima apuñalándolo alrededor de unas 72 veces en el torso, la cabeza, la espalda, los brazos y su abdomen. Los gritos de Héctor se perdieron tras la caída de cientos de bombas sobre las posiciones al noroeste y en parte de la ciudad creando enormes monumentos incendiarios a los lejos. Los ojos débiles y ensangrentados de Héctor veían el culmen de una furia que llevaba cerniéndose tras los huesos de una figura que perdió toda su humanidad y se entregó a la marejada de la más iridiscente cólera mostrada ante los ojos de los dioses que han olvidado a sus creaciones.
Una vez culminado el asesinato, el capitán se pone de nuevo su mascareta, desata el cuerpo de Héctor y lo lleva a la calle, en donde una niña de 7 años se topa con tal escena. Ambos se quedan viendo unos diez minutos, cuando otras camionetas se aproximan. El capitán decide ocultarse de nuevo en su derruido refugio llevándose consigo el cadáver de Héctor. Toma la decisión de irse de ese lugar en donde ha visto nada más la degradación del alma en tantas suertes terribles.
Las celdas que hoy albergan personas que llevan mucho tiempo asiladas, ven el azote de las huestes desde sus balcones en donde llega el hedor de las cloacas que se vuelve más insoportable cuando la sangre derramada de las carnes desnudas y las reminiscencias de los incendios se juntan para dar mayor realce al galardón de la devastación.
El capitán decide fumar otro cigarrillo, salvo que el que tomó, tenía un potente alucinógeno en su contenido. Se lo quitó a un soldado muerto de los bolsillos de su uniforme cuando combatía en los primeros años en el frente. De su mechero, la envidia del control del fuego surgió, y la sustancia se alojó más allá de él. Su humo era uno de entre muchos que suele despertar aquel deseo innato de alterar todo lo que nos constituye solo para conocer el otro lado de lo que se concibe como realidad.
El capitán ahora ve otro sol en la nación de las brumas mientras sus pupilas se dilatan poco a poco del mismo color de la oscuridad que se eleva cuales montes consumidos por el clamor de la gente que escala esos lares en busca de una respuesta que les de significado a sus vidas que áridas están. Sus plegarias son respondidas por esa voz que les dice en qué estado deben permanecer si quieren salvarse, una voz tan antigua y voraz que suele aparecerse en sueños que hablan del pasado y del futuro en una lengua tan muerta como el sol que mira el capitán.
Finalmente, aquel ser invisible que lo perseguía se revela en forma de sí mismo. Le llama, a lo que el capitán se levanta y cruza los umbrales de su estadía con dirección a la cuna de sus visiones, el trópico. Unos matorrales son la puerta a ese hábitat perdido en donde las flores no crecen y los justos se encuentran con los bárbaros a través de la crueldad y la ignominia, ellos se vuelven animales peligrosos como los cientos de seres que moran en las arterias de lo indomable. La visión no es irreal, se encarna mediante ese sentimiento primitivo que tanto asusta y nos da sentido mientras estamos atrapados en las fauces del presente, ese presente que nos recuerda las deudas que tenemos ante la flora.
El capitán avanza más y más en ese lugar abandondado que es su hogar y que ignoraba que coincidía con una pronunciada extensión de terrenos plagados de montarrales y zacates que ayudaban a incrementar el eco de la voz que lo guiaba. Avanzando, llega hasta un cúmulo de piedras donde se topa a un grupo pequeño de soldados de élite preparandose para un asalto mientras tenían cautivo y amordazado a un loco sin camisa, con pantalónes militares tipo selváticos algo rotos, botas negras, pelo largo y una bandana de colores exóticos en la frente de la que cargaba un detalle extraño. Todo caminante de la jungla o de los pantanos debe portar su guitarra si quiere cantar sobre lo bello que es su humedal, para el capitán, esa canción se traduce a otro intento de asesinato en su contra porque escuchó a uno de los intrusos que es el líder del pequeño grupo negando a los posibles mandos por teléfono sobre la puesta en acción al no recibir mensaje alguno de Castro.
Escuchando esa respuesta, el capitán saca su hoja bowie y se la entierra en la cara al líder, en donde procedió a lacerarle las mejillas al soldado matándolo en el acto. El resto de los cinco hombres oyerón los gritos provenientes de la maleza. Uno de ellos se acerca y ve al cuerpo de su líder en el suelo con su teléfono atravesado en las mejillas y metido en la boca repleta de espuma carmesí sonando a que esperaba una llamada. El soldado se espanta, y junto con el resto de sus compañeros, son fulminados por una ráfaga de disparos desde unos árboles torcidos. El capitán logra matar los cuatro dejando herido a uno. El mortal sujeto se acerca y coloca su Jericó 941 la cien derecha del moribundo soldado.
-Más te vale que me contes ¿Quiénes son? ¿Y por qué esperaban ordenes de Castro? -
- Íbamos a matar a un veterano que tenía que brindar información valiosa al general Ochoa. Castro no nos ha respondido así que vamos a ver qué pasó. -
-No te preocupes hijo-soltó el capitán quitando el seguro del arma- Castro está muerto. Yo lo maté junto con toda su escolta. Veo que tenes un parche de fuerzas especiales Cobra ¿huh?, pero creo que más especiales erán los simios de Castro que ustedes que ni siquiera pudieron notar mi presencia. No sirven para matar, mucho menos para morir. -concluyó el capitán disparando dos veces a la cien del soldado.
-JAJAJAJAJAJJAJAJA-
El capitán se acerca al loco, le quita la mordaza con las esposas; y cual rayo, este se levanta para sacar de entre una mochila un celular de donde reprodujó en Spotify la canción Somebody to Love de la banda estadounidense Jefferson Airplane. El capitán apunta al loco, le quita el celular, lo arroja al suelo y dispara al dispositivo.
-¿Por qué lo hiciste? -
-El último con quién quiero lidiar es con un maldito marihuano radical como vos. - soltó el capitán apuntando al estrafalario personaje.
-¡No! ¡Por favor! ¡No! -
- ¡Ponete de pie! -exclamó el capitán -quiero que me digas quién sos, tu rango y porqué te capturaron. -
-¿Mi nombre? ¿Rango? ¿Qué son esas cosas?-
-Es en serio. Si no me los decís vas a quedar igual o peor que estos. -amenazó el capitán.
-Que más da. Adelante. Te permito que tengas el beneplácito de matarme -retó el enajendado- No sin antes dejarte mi tarjeta de presentación.
El loco le extendió de su frente la carta del as de espadas que tenía en su revés una cara conformada por un águila en vuelo llevando un fusil de un lado y una bandera del otro.
-Una tormenta se avecina compadre. Deberíamos irnos. -
El loco se aleja con dirección a la guarida del capitán, a lo que este lo sigue. Una vez dentro del refugio, el loco empieza a armar en el balcón una hoguera con pedazos de una mesa y una silla vieja que hay alrededor. El capitán busca al loco hasta que lo halla en un estado de semi trance de rodillas clamando al cielo por la llegada de los redentores de esta ciudad guarecida por la providencia. En efecto, escuadrones aéreos enteros de helicopteros Huey “Bell” UH-1 y los F-5 surcan los cielos a varios metros de la otra horda aérea que provenía desde el sur. A los ojos de ambos, los pájaros del trueno que narraban nuestros ancestros mostrarán sus garras que resucitarán a la primer y última áve que verán quienes provienen de la caverna de los tiempos.
El ocaso se revela, y con ello los pecados. Las luces de las explosiones en las alturas hacen que el fuego de ambos soldados del trópico sea nada en comparación a las contrarespuestas de las llamaradas en la tierra. Las sombras vuelven a crear impresiones sobre el suelo. Las guerra de los pájaros del trueno llena el firmamento de obfuscaciones que caen cuales tiros precisos ante los militares.
-Al fin, como nuestros antecestros predijeron, la última horla del siglo está aquí sobre nosotros. Adoremos sea de paso este fin mi compadre. -
-¿Porqué te alegra un combate aéreo? - interrogó el capitán.
-¿Combate? Claro que no. Eso es una purga entre los pájaros que saben de antemano que entre sus semejantes hay mentirosos y payasos. Todo es producto de nuestra casa común. Solo dejalo ser.-
-Aún no me has respondido ¿por qué esos Cobras te tenían arrestado? -
-Eso es lo que ellos creían hasta que los liberaste de sus cargas. Yo nunca tuve esposas ni cadenas que me atasen. Tomé un atajo para llegar a la cima de la pendiente y ver todo lo bonito que hay aquí. -
-Estas enfermo. -
-¿De verás? pero si no he tenido fiebre estos días. JAJAJAJAJAJJAJ.- responde el loco tratando de evocar el cinismo más hondo que lleva guardado.
- Ya en serio-expulsó el capitán -decime quién sos y por qué te tenían prisionero o te bautizo con el plomo.
-JAJAJAJAJJAJAJA. Porque les dije a ellos la misma verdad que veo en tu mirada de cazador. La mirada de 1,000 metros le dicen, por mostrar el alma en el filo de los ojos. En este caso los tuyos que están igual de corroídos. Lo que tenemos y que nos vuelve errantes dentro de una tierra que no nos pertenece. Somos otros animales que lograron conocerse mejor. -
-¿De qué estás hablando chiflado? -
-Somos otros paisajes distantes que estos deformados que hay alrededor. Paisajes que se hieren y se curan a punta de machete y filero. Somos nadie tratando de ser alguien. Esa confusión, esa contradicción con lo que yace en la chabeta que provoca que se uno se transforme en esas emociones ¿sabe cuáles son? -
- A machete y filero solo dejas que las cosas se pongan el doble de feas de lo que estaban. Las balas resuelven ese tipo de problemas. Mi chabeta funciona del todo bien, eso te lo puedo asegurar. -
-¿Seguro? la manera en la que mataste a ese Cobra demuestra que llevas mucho tiempo sin asesinar y disfrutar la sentencia final de tus víctimas. Veo que el trópico te ha tratado como un espécimen inferior y que te ha bendecido con el don de disparar primero y degollar después. -
-¡Callate! No sabes lo que se esconde en el malparido monte como para decirme que me he vuelto insano como vos. - contesta el capitán apuntando a la cabeza del loco y de un solo quitando el seguro de su pistola.
-Por supuesto que lo sé, yo también he estado en el monte, en la jungla. Soy el amante de la madre que lleva llorando desde que sus herederos decidieron morderse y perseguirse como coyotes que aullan tras las zacateras. Ahora que esta ciudad continua esparciéndose en desorden hacia la mierda, sus habitantes irán pereciendo en vida en las celdas de esta inmensa prisión verde. Por más clemencia que se pida al cielo, todo seguirá estando igual. -
-¡Cerrá la boca! -
-Aún se me vienen a la mente esos últimos momentos antes de la llegada de la plaga que asoló el mundo. De cómo todo comenzó como una inocente serendipia a volverse en una paranoia que sigue dejando en evidencia la locura naturalizada que hay aquí. Creemos que nos curamos, pero en realidad, nadie logra curarse de algo tan viejo como lo es la locura generada por el temor a lo desconocido. Cuando los degenerados del puticlub impusieron la ley de Justicia Tributaria en donde todos esos millones se dirigieron para los planes de rearme militar, la guerra para nosotros empezó. Las trincheras y los fuertes poblaron los trópicos del valle, la costa y el distrito. Lo rural prácticamente dejó de existir.
Todos los medios de comunicación junto con las archi putas redes sociales no supieron cómo denominar a esa hecatombe que ahora es nuestro hogar mi compadre, uno cuyo mayor logro fue la estupidez heredada de los siglos de ceguera. La conquista de las arpías del norte y las incursiones de los úrsidos del sur nos persiguen en sueños que hablan sobre la existencia de un lugar en las entrañas de la sombra y que concede de muerte a los que dicen sentirse agustos en ese maldito lugar. El poder de las historias en esas instancias alucinantes, enajenan a todos los que buscan tener una voz en medio de todo un panorama que no es innovador, sino que sigue estando tal cual y que remonta a la época que nosotros digamos que es la más vieja para nuestro presente.
Recuerdo lo que sentí cuando me inyectarón ese cóctel de sustancias e infusiones químicas en mi brazo derecho con tal de frenar las fiebres que me daban cuando contraje la plaga. Esa la que llaman el beso de los Tsares. Esa taquicardia enfermiza, la colisión de los pulmones, la presión figurando como la inquisidora matriz, el irremediable cansancio, las rebeliones mentales que son peores que las que la humanidad lleva a cabo, la constante ira y desesperación, la negación, el clásico estado de alarma, el acto cobarde e hipócrita de orar a un solo Dios que responde enviandonos dos huracánes.
En pocas palabras compadre, somos unas simples hormigas en el juego mortal de la selva. -
El capitán se queda mudo ante tales palabras del loco que se empieza a mover frenéticamente ante la hoguera que trata de prender con partes de muebles de madera. Su figura roza entre las delimitaciones negras y pálidas frente a las llamas, en donde agita sus brazos al aire. Se quita la bandana exótica que tenía en la frente para quemarla e inhalar sus aromas que el mismo capitán llegó a oler en desagrado. El loco entonó unas letras que acompañarían sus letánicas palabras, un coro de cuatro líneas que dejan a la imaginación el patrón rítmico que podría acompañarle.
¿En qué lodazal?
¿En qué vano arenal?
Reside
El Trópico del Miedo
Al escuchar ese coro, los nervios del capitán chocan contra sus débiles nociones que la sentencia de la selva lo perseguiría mediante un solo elemento que constantemente temía. Al final ve el resultado del encuentro con su contrincante intangible. Quería que aquello fuese solo otro pésimo sueño en el que las palabras se pierden y los recuerdos se amontonan creando una justa debacle para la identidad. Ante sus ojos, lo que más le hizo sentirse como aquel animal que corre sobre lo indómito y que acaba cediendo ante los concilios y exterminios de la tierra, era el miedo.
No lo soporta, el capitán ve el fuego recrudecerse con las notas improvisadas del coro. Luego puede recordar momentos de la operación Visegrado donde vió cómo sus superiores dejaban a sus soldados a romper los craneos de los prisionero varones usando los rieles de los tanques en movimiento debido a que eran considerados unos cobardes y traidores a esta servil patria por no combatir contra los otros que también ansiaban la dominancia de la cual carecían, a su vez, les dejaban escribir con tiza negra ramera o golfa en el área pélvica de las mujeres muertas que eran traídas desde la choza de adobe y techo de tejas en la denominada Colina de Cabañas.
La intrusividad mental disociativa otra vez asedia la higiene mental del capitán que ahora alucina con la transformación del loco en un ente de pesadilla tan negro como la noche, con largas extremidades que buscan alcanzar lo que yace en el aire. Cuernos de ciervo brotaron de sus cienes. Ahora él es algo propio de las arterias de lo indómito, el retorno hacia el estado animal que tanto se teme y que nadie en este país contempla. El loco se agacha para saltar sopresivamente al mismo tiempo que danza a los dioses en señal de veneración por el génesis apocalíptico que orillaría al mundo en una batalla entre hemisferios divinos. Su piel se reencarna en la de un jaguar cuya voz quiere asemejarse al de la humana, pero se rompe en el coro sin sentido que profana el alma de los últimos que quedan hacinados por el azote trajano de la madre.
La danza se vuelve violenta hasta el punto en el que los cielos le otorgaron la suprema bendición del hierro al loco que se maravilla en ver cómo todo irradia a lo lejos desde el balcón. De su bolsillo saca una botella de vidrio de la que bebe una sustancia con aspecto de ron, pero que huele a cacao. Al tomar esa bebida, grita y ríe como jaguar para evocar una mayor oscuridad irreconocible de la que alberga en su roto ser errante y atormentado. De pronto, se para al ver la una hilera de explosiones cayendo cerca del refuio del capitán que nota una sonrisa de parte del loco.
-En serio, decime ¿qué estás haciendo en este lugar? - interroga el capitán.
-Por supuesto. -dice el absorto hombre
El loco pasa de brincar a entrar en un estado de trance en donde balbucea cosas ininteligibles. El concierto empezará pronto, y el capitán está sentado desconcertado viendo al espeluznante ser que se postra en oración ante la luz. Las mente de los trastornados se retuercen al momento en que la sinfonía trae de la luz a las estelas del conflicto para hacer de la tierra la morada de la confusión que tanto temen los soldados de las facciones que entrarán en bohemia por el control total de la nación. Ese orgullo macabro, la confesión del amor hacia la nada, las intensas marcas que deja la desesperación por la dominancia total que genera un sentimiento que incita al lamento de la lipidez.
El capitán va sacando lentamente la Jericó 941 se acerca por la espalda de la ahora bestia, con delicadeza, apunta directamente a la cabeza. El seguro es bajado. El gatillo está frío. La bruma regresa para sofocar a ambos hombres que se enfrascan en sus travesías por la única línea de cordura que tienen. El aroma de la muerte en sus memorias es intolerable aún cuando la intrusividad mental permanece perenne al querer cerrar los ojos e ignorar lo cruento del combate que es la existencia. El capitán no puede jalar el gatillo, ya que se le vienen a la mente los rostros de los vivos y muertos que conoció hasta el punto en que su corazón late rapidamente al son del coro insano que repercute acompañado de algo más que resuena en su consciencia.
Con cautela y ansiedad, el capitán baja la Jericó 941 y se dispone a encerrarse en su habitación a terminar de escribir una página más de su diario mientras recibe notificaciones en su celular que la Gran Insurgencia Nacional le declaró la guerra al Ejército Mayor que busca socavar los movimientos partisanos de Macao en el occidente y centro del país. El capitán no se espanta porque sabe que eso pasaría. Moja un bolígrafo con saliva y redacta lo siguiente:
11/7/33
Juré que nunca volvería a escribir algo sobre lo que pasó ahí, pero por más que me resista, no puedo. Cada noche me hallo en la trichera o en una posición de avanzada bajo la madreselva que no quiere que la describa. No sé qué más puedo ver a excepción de la jungla. . .
Estas palabras que redacto distan demasiado de ser susurros o de poseer un significado. Es como si hablase sin mover tan siquiera los labios. Los gestos son lo único que puedo expresar además de las tantas veces que quise adentrarme en la tormenta. Una vez que lo hago, esta me sonríe de vuelta para que yo sea nombrado como un simil de las mazas y lanzas que gobiernan las estancias del sabio peregrino que ahora sueña con plumas y sogas. Una bala es lo que puede dar valor alguno a mi cuerpo.
Lo que está hueco no puede creer en la nada porque ya tiene un papel definido en el reino ¿Cuál? Sino aquel que se encarga de forjar nuevos entes huecos como quien alguna vez desentrañó lo que hay detrás de su propia sombra solo para después perderse para siempre. Es de tal modo que en la nada no se puede creer en lo que perdura hueco. En los altares de la memoria teñidos de sangre se repasa lo que es la historia del trópico.
¿Son mis escritos incoherentes o el mundo que me vigila es así? No tengo idea. Ni siquiera la más remota. Solamente creo saber que los ojos no vislumbran sobre las obras de pendélico que son los árboles. Cedros, caobas, cipréses, cáctus, robles, palmeras, etc., hoy son piezas distantes del viento que me dice lo que soy.
¿Qué soy? ¿Por qué soy? ¿Cómo soy?
El nombre del país me recuerda a las intransigencias del destino y a la poca resiliencia que nosotros tenemos como especie híbrida que revoloteará en la discordia ante los ineptos pecados que cometemos. Entre ellos y yo, puedo decir que soy menos animal, a pesar que soy capaz de erradicar a otro como quien escribe esto. Nadie entenderá el por qué mantengo fresco lo que aprendí por primera vez del miedo cuando confirmé que la celda dentro de la infame cárcel glauca es más densa e insípida de lo que creí.
Volátil, solitario y complejo son las dimensiones de mi espíritu cuando me adentro en el corazón de las marísmas . . . ella espera bajo el gran mazapán . . . descienden las marcas sobre mi sombra que es la que toca guitarra después de todo . . . hay huellas de ceniza en la pared . . .
Mi casa es el confin y yo soy el fantasma que lleva en su pecho el precio por anhelar y repudiar el pertenecer a las estancias del reino.
El capitán es incapaz de firmar con su nombre porque es eso lo que más le provoca miedo. Piensa por un segundo, pero deja el espacio en blanco, con el fin de que quizás un día pueda salir triunfante de las varias llanuras de penurias que vuelven hiper lúcidos a sus habitantes envueltos en ciclos de miseria, polarización, odio, y muchos otros males que son heredados o bien pueden ser adquiridos de lo que vive en esos lares en donde la pusilanimidad de nuestro accionar será nuestro verdugo cuando “Séase el Trópico del Miedo” al momento en que nos adentremos a la distopías singulares del alma.