El
Grito del Manco de Lepanto
Artículo
de Opinión escrito por: Pablo D. Moncada
De su puño y letra concibió
una historia de dos compañeros que se enfrascaron en una lucha contra gigantes
propios de la imaginación de un caballero, cuya mente estaba atrapada en una
época diferente. El hombre detrás de tal magnífica y eterna obra estaría
maravillado sobre las innumerables formas en que el hombre mismo puede
comunicarse y andar sobre la faz de la tierra sosteniendo aparatos capaces de
desatar los más fríos de los conflictos, sin recurrir a una violencia física.
En la cúspide del
descubrimiento, su afán por conocerlos hubiera sido opacado por algo aún
indecible que lo haría gritar de la más incalificable de las amarguras, el ver
su preciado idioma siendo ultrajado por esta generación de hombres y mujeres
que habitan en el país cuyo nombre describe del que sería su estética, y del
que Cristóbal Colón zarparía de regreso a su hogar entre reinos.
Se supone que somos el corazón
que une a dos continentes por muchos factores, siendo uno de los no tan mencionados
o apartados, nuestra versión del idioma español que en lo que llevamos de este
nuevo siglo, seguimos cometiendo errores de ortografía y elocuencia que han
evolucionado a peor.
Los segundos hogares que
fungen como la piedra angular del conocimiento son diezmados casi en su
totalidad por la ausencia de mentes jóvenes que son presas del analfabetismo
que intercede cuando jamás en la vida se ha tomado un lápiz y papel o tan
siquiera un libro y emprender un viaje de vuelta al seno ibérico de nuestra
lengua.
Incluso una persona que
ostenta el grado de letrado tiene estos dones indispensables, no los agradece, no
los efectúa, llega a la alta academia o al entorno profesional, y presenta lo
que se le impuso con un erróneo manejo de las reglas que moldean el español. En
casos extremos alegando desconocimiento o inventando normas inexistentes de la
Real Academia Española (RAE), encargada de velar por el cumplimiento universal
de las mismas.
En el marco del Foro del
Ejercicio Moderno de la Relacione Públicas realizado el jueves 28 de mayo (un
día antes de redactar este artículo) a través de la plataforma virtual, y
conmemorando la Semana del Periodista en la Universidad Tecnológica Centroamericana
(CEUTEC); se planteó varias temáticas sobre el cómo esta nueva generación de
comunicadores tiene que inmiscuirse más entorno al modernismo tecnológico y
digital en lo que se quiere mostrar a la gran gama de públicos que ciernen a
nuestra sociedad.
Uno de los puntos que tocaron
respectivamente, fue el de las poca o medias capacidades de dicción, redacción
e interpretación que son los pilares que sustentan nuestro entendimiento comunicativo
y que han aumentado considerablemente. Existen muchos responsables que van desde
un ineficiente sistema formativo hondureño hasta la falta de atención en el
núcleo familiar, de tal manera que hay pocas razones mostradas a la luz que
dejan al individuo acorralado con el único sujeto infractor de su desdichado
estado conformista y poco consciente, ellos (as) mismos (as).
En el intransigente inicio de
la tercera década del presente siglo acompañada de una pandemia, las personas herederas
de uno de los idiomas más bellos que la existencia haya concebido debemos
defenderlo, sin evocar a la disidencia de las masas, con el único fin de
trastornar el motor primero que hace a una sociedad avanzar hacia lo que creé
correcto.
La inoportuna pesadilla del
“Manco de Lepanto”, ante la degradación del uso de la lengua que lo inmortalizó
y vigorizó a su vez, deber ser una reflexión que como territorio libre del yugo
de la corona española tiene a disposición para nutrirlo y consolidarlo, ya sea para
las causas y efectos que sean. Sus obras arropan a miles, que las despedazan
con el violentado don de la ignorancia.
Deben ser los diccionarios,
las enciclopedias, las antologías literarias, los compendios de estudio de
materias generales, el conocimiento y práctica absoluta de las reglas de
ortografía, caligrafía, entonación e interpretación, las que sirvan de machetes
para despejar el solar de un ciclo que se hace presente en gran parte dentro de
una Honduras con aspiraciones limitadas por este flagelo de naturaleza severa e
inflexible.
Si se quiere saltar al nivel
de profesionalismo en ámbitos comunicativos, primero debemos hacer caso a
nuestras falencias en el uso de nuestro idioma, para corregirlas y adecuarlas a
un nivel óptimo y satisfactorio, no solo con los superiores, sino con nosotros
mismos como personajes de un libro de historia que no cesa en escribir nuestro tan
logrado progreso.
Tal vez, el qué hubiera sido
de la sorpresa de Miguel de Cervantes Saavedra de conocer la decadente situación
en la que está el idioma español y su repentina reacción, quizás sean meras
ideas o nociones que nunca pasarán en una realidad en el que el acto de pensar
se ha desvanecido de la colectividad y en que el idioma que heredamos perdure
en los vestigios de la memoria infructífera de la humanidad que clama y muy
pocas veces actúa en pro de sus semejantes y de quien en verdad es.
