La Balada de los Falsos Comanches
En toda llanura, siempre existirá una especie que logre impresionar a la flora y fauna de la cual pertenezca y provoca que se generen debates sobre su origen y finalidad en el pleno donde ni el Creador ni el Caído no quieren asumir la responsabilidad de su supuesta creación. En una llanura que creo conocer, dicha impresión es muy diferente. Causa un tipo de alucinación o delirio que, una vez dicha por un espécimen, este la esparce en la llanura donde es escuchada por sus semejantes que comparten sus mismos rasgos y estos deciden que esa impresión, esa expresión, es la verdad absoluta a la cual todos debemos someternos para negar cualquier otro hecho acerca del firmamento, las montañas, los riachuelos y las obras del hombre. Esa especie impresiona por su visión distorsionada del poder sobre la llanura a la que fueron exiliados.
Cuando eran abordados por algún hombre de letras y medios, ellos decían ser comanches, pero de un linaje o rama que apenas logró sobrevivir a extinciones que dejaron a muy pocos especímenes apenas conscientes que en la llanura los zopilotes no son comida. Las personas que lograron levantar comarcas industriales decían que estos comanches eran decadentes, en el sentido más corrupto, ruin y abusivo de la palabra. Hasta errantes y renegados de las carreteras alegaban que veían algo en los rostros de estos seres cada vez que se topaban con ellos, como una especie de destello o resplandor rojizo como un cerillo. Al son de hoy se rumorea que no son nativos americanos que emigraron de Norteamérica a Centroamérica.
De la noche a la mañana, la llanura fue asolada, no llovió durante una década y la sequía arremetió contra poblados hasta llegar a las ciudades con una guadaña que cegaba el trigo, la paz, la cordura y la poca tolerancia que había entre la gente que siguió el desarrollo y los comanches. Se dice que alguien logró escuchar que, en la llanura, un grito tan descomunal y hosco que rompía todo lazo terrenal con la trinidad altísima y la rebeldía luciferina. En el lugar donde decapitaron a Lempira en batalla, el espíritu del héroe indígena se retuerce de confusión y temor tras escuchar aquel bramido en la distancia. Pues ese testigo anónimo, señala que avistó a quien soltó semejante alarido. Era un comanche que yacía hincado sobre la tierra mientras una docena de cuerpos sin vida yacían regados a su alrededor.
El comanche con sus manos empapadas de sangre sosteniendo un revólver en la mano derecha y un machete en la mano izquierda, confesó ser el líder de un grupo de comanches que en el pasado fueron diezmados por un centenar de ejércitos que cantaban los himnos norteamericano, Marsellesa y Granadera mientras arreaban cabezas de ganado hacia el Este, rumbo a territorio de sisimites o itacayos. Que sufrió persecución por parte de un escuadrón de militares durante nueve años hasta perderse en medio de la llanura y quedar orate. En el juicio por la masacre, aquella historia bizarra del líder comanche fue desmentido por un grupo de pobladores de varias regiones del centro y Este del país que alegaban que el líder comanche era en realidad el jefe supremo de un millar de hordas que moraban desatándose de las maneras más infrahumanas posibles.
La corte entera más el estrado solo se limitaba a oír cada cuento de cada hombre y mujer que trabajaban en la tierra, así como de todos aquellos que se vieron afectados directa e indirectamente por los crímenes del líder comanche de nombre Lem-Odaya. La jueza, los abogados a favor y en contra, los fiscales, el estrado entero, los testigos a favor y en contra, los centinelas y hasta el pintor se callaron al unísono porque era turno de que Lem-Odaya pronunciase la verdad: él era la suma autoridad de todo el territorio desde punta Caxinas hasta Copán. La impresión de terror y duda se cernió en todos los asistentes al juicio. Los hombres de letras y medios multiplicaron sus canales mientras los evasores de realidad conspiraban al tejer redes tragicómicas de la sospecha del levantamiento de un régimen demagógico.
Lem-Odaya pasó de ser un orate homicida a un autócrata que por más hablaba de los riesgos tras el vudú y la santería, la parca le llevaba las cuentas de todas las veces en que quitó una vida más las veces en que contemplaba el billete de quinientos lempiras de entre los millones de billetes de ese mismo valor que se robó en una carretilla de verduras. Su ascenso, caída, exilio y retorno silencioso significó la debacle para una nación que durante siglos fue víctima de la indecisión y la desidia. El monte es quien suele seleccionar a hombre y mujeres para liderar a un país que sigue estando indómito y salvaje aún con todo y 200 años de historia soberana e independiente.
Lem-Odaya suele tocar un guitarrón en la madrugada mientras rememora sus días de bestia desde un palacio de ocote barato, viendo su más grande obra cumplida: la polarización de una sociedad en su estado más puro. En algún lugar del limbo, Diógenes suplica a las alturas la sentencia de este cínico que decía ser falsamente comanche y ejecuta una balada en honor a la involución mientras usa a su propia estirpe como piezas de un tablero que no requiere de lógica para pensar, solo los dictámenes de una desopilante voluntad. En ese tablero no hay reglas salvo una: lo que sobre de mi voluntad, será el alimento de todos. De esta forma el comanche prosigue con su proyecto de erigir la cuarta casa de la degradación política en Latinoamérica que, ya de por sí, es negra como esta noche que la guardia de Morazán es velorio.
La balada parece más una ranchera compuesta por un pobre miserable que escribe "Carajo" en paredes de propiedades ajenas a lo largo del país, pero sí un noble erudito formado en valores lo escribe sobre el asfalto de las carreteras reclamando justicia, será condenado a un suplicio inimaginable. Lem-Odaya es un falso comanche, así como todos aquellos que conforman las hordas de indeseables que solo veneran el placer tartárico y no la salvación de sus mentes y almas. Los falsos comanches no llevan penachos de plumas de guacamayas y quetzales, ni mantos de pieles para protegerse de la intemperie, mucho menos ornamentos de jade y esmeraldas en su cuerpos y lanzas. Estos falsos comanches son los reductos de una civilización que nunca supo cómo debía ser y ahora se desplaza ignorando y negando toda calamidad que arrojan contra la vida al tiempo en que desean la muerte a través de sus discursos.
Ellos no pueden verse a la cara con el resto de otras especies que cabalgan en la llanura de la política como son los mirlos colorados adoradores del raro mañana y los toros azules que veneran erróneamente el capital. Los viejos obligan a los jóvenes a cumplir su voluntad a cambio de un amor incondicional en una guerra donde la violencia política nos trastoca a todos cuando amenazan la capacidad de elegir el destino, mientras tanto la juventud, se prepara para una de dos: luchar hasta el desgaste o perecer al emigrar desconociendo sus destinos. Al final la oportunidad pende de un hilo tan delgado que resulta invisible para ojos que decidirán si quedarse o alejarse en la misma llanura que ve nacer perspectivas buenas y no tan buenas por igual. Un vendedor de chicles y cigarros me dijo una vez que cuando las cinco estrellas de pálido azul dejen de brillar por sobre la llanura, los hondureños compraremos cigarrillos, fósforos, candelas y linternas para alumbrar por sobre las tinieblas. Yo le respondí que sí eso llegara a pasar, mejor sería procurar no incendiar los montes.
Hace algún tiempo, un cuerpo de magísteres de la sociedad civil junto a ciertos dueños de empresas mediáticas recibió copias de cartas escritas por un supuesto comanche apodado Danto Índigo, en donde planteaba varios hechos clave que permiten la comprender la naturaleza de estos y muchos hombres ferales una vez alcanzaron el poder. Operaciones clandestinas, corrupción, negociaciones con otras especies de la llanura, narcotráfico, etc. Tras la publicación de estos hechos, más cartas confirmadas y otras anónimas, revelaban verdades inquietantes que señalaban a todos los habitantes salvajes de la llanura. La cautela por parte de los hombres de letras y medios para verificar la veracidad de las cartas, así como su profundidad, fueron cruciales para interpretar que todo lo descrito por Danto Índigo. Todo era real. Jamás se supo sobre quién o quiénes podían corresponder al nombre clave de Danto Índigo.
Tras eso, varias cosas sucedieron y que ponen en grave peligro la seguridad nacional del país como la revelación de un video en donde algunos falsos comanches de alto perfil degustaban en un jolgorio que derramaba poder y la más insondable soberbia cuando platicaban sobre cómo distribuirse el botín tras contrabandear narcóticos y armas en lo más lejano de la selva. Más tarde, la esposa de Lem-Odaya y gran representante de los falsos comanches, denigró hasta el punto de escupir a una bandera legendaria, así como a sus portadores de traer la guerra y el espionaje a estas tierras. Corrompen un sistema electoral, al mismo tiempo en que destruyen al ejército y persiguen en secreto a quienes osen alzar la mano para hablar sobre lo que nadie sabe con respecto a su naturaleza despiadada que se refugia tras máscaras lánguidas de honestidad, dulzura, compromiso y responsabilidad. El "super yo" está implícito.
Todo lo antes descrito acerca de los falsos comanches da a entender que en realidad no son comanches, sino hombres y mujeres que usan la cultura, los códigos y hasta el nombre de esta tribu milenaria de Norteamérica para cometer actos infames disfrazados de caridad. Recién me entero del desplome de una vía aérea que conduce a Valle de Ángeles, y que se debió al paso de un camión que portaba alquitrán para pavimentar calles bajo órdenes del mandato comanche; el camión era apodado dragón, dato que quiero evitar enlazar de manera simbólica al famoso lienzo del dragón rojo de William Blake y que se levanta ardiente y profano ante la mujer vestida de sol. Esto me deja preguntando sobre qué otros tipos de monstruos habitan dentro de cada individuo.
Redacto esto en los momentos más absurdos de la historia humana donde las excusas se multiplican, donde el valor y la virtud son reemplazados por el antivalor y el vicio, el oprobio es ley, a los arcabuces se les añaden miras telescópicas y láseres, la Inteligencia Artificial es usada olvidando sus funciones e implicaciones ontológicas y filosóficas, la mediocridad manda, hay menos sueños y más vigilias, el desarrollo no sabe a dónde ir a parar. Lo menos peor es la regla. No hay quien corte el café en Honduras para un Albert Camus que ve cómo es que a los hondureños sí les fascina convivir para nunca aceptarse en medio de tantas pestes y plagas. ¿Es más contundente una Guerra Civil o un Golpe de Estado? Quien sabe, porque no hay suficientes trincheras que puedan revelarnos eso de acuerdo con la historia de la infamia.
Forzar la unidad de las cosas a través de un deseo ominoso y desequilibrado, es una de las tantas cuestiones que historiadores, antropólogos, filósofos y psicólogos nacionales deben averiguar para desentrañar el porqué del desenfreno y quiebre mental de quienes conforman estas hordas al tener poder en el siglo XXI. Se dice que los falsos comanches sostienen un ritual pseudo ocultista de forma psíquica, en donde la figura del corazón es exaltada a niveles demenciales mediante la histeria, la negación, la desesperación y lo pasional al grado de caminar en realidades voraces que ofenden hasta la mismísima parca. Los días son más plateados que antaño, cuando San Miguel Arcángel nos heredó la balanza mas no la espada de la que hoy, Honduras no puede desenvainar ya que olvidamos cubrirnos la vista de la arbitrariedad lo ilógico.
En fin, la llanura, un vasto plano en donde cualquiera puede perderse buscando lo que no tiene. La especie de los falsos comanches, así como de los mirlos colorados y de los toros azules que describo en este escrito, negarán hasta el último día de sus vidas que no tuvieron nada que ver con el deterioro de una nación y la deformidad de una población cuya voluntad inocente es espléndida, formidable y reluce por sobre cualquier penuria. Una cultura politizada independientemente de quienes la diseminen se vuelve generacional y hereditaria, solo deja malos hábitos que seguirán resonando en la llanura como presagios del nacimiento de nuevos habitantes listos para evocar sus intenciones buscando venganza de la historia.
Jamás aceptaré o negaré nada, ya que el tiempo me dicta lo que debo buscar entre yermos.
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