Arde lo que Arde
Encima de un peñasco, diviso toda una línea o franja de fuego arder en el horizonte de un modo que nunca había visto antes. Ese fuego viene de una ciudad a la que recién visité y que se preparaba para algo que no terminé de entender por más que preguntase a sus locales. Parecían los preparativos para una guerra de guerras contra enemigos poco claros, un evento o un festival, y un caso severo de histeria y pánico colectivo. No logré determinar qué era aquel movimiento cuyo fin combinaba rasgos distintivos de la política combinados con el deporte, pero en un tono demasiado desfachatado hasta el punto de ser claramente absurdo. En esas personas noté una devoción, una fe tan desmesurada que supe que no se trataba de esperanza, sino un modo de vivir en los extremos más raros y radicales de la existencia.
Desde aquí escucho disparos y estruendos que provienen de entre las llamas. El humo se eleva más hasta crear un manto de neblina que ahorca el amanecer y buena parte de la mañana. Para el mediodía y con el sol sometido al calor y la niebla, derriten hasta el zacate que suele crecer en estos lares hasta llegar a la cintura. De todas las llanuras y praderas que he visitado, esta desata un terror inenarrable a quienes me han dicho que los gobiernos que pasan e imponen leyes y normas pesadas a su población, terminan por volverse pequeños reyes que adoran la tiranía hasta un punto en donde el Creador y el Caído acuden a la Muerte para implorarle por el fin de esas y otras vilezas del hombre contra el mundo. Lo que no saben esos santos e impuros, es que la Muerte es esclava de quienes ahoran son los dueños de la creación.
La fauna humana y la flora de sus ideales que habitan en esta llanura es anormal en todo sentido debido a que parece que siguen viviendo de un tiempo que se rescribe sin tener la más remota del por qué o para qué lo hacen. Es mi deber como crítico remarcar que este lugar se rige por lo ilógico de una voluntad retorcida y chueca, en donde todo lo bueno es lo malo y lo malo es lo bueno. Cuando intento desentrañar la historia de este lugar, me entero que no tienen bibliotecas ni hemerotecas, unos pocos periódicos de la zona me dicen que toda verdad es falsa y que esa falsedad es la que tratan de desmitificar y verificar. Lo último que supe, es que matan a quienes intentan practicar un idioma o lengua llamada "la basada" por el simple hecho de no dejar que el mito se tope con la ya de por sí cruel realidad.
Todo lo que respecta a esa ciudad me resulta inverosímil, me hace confundir el exterior con el interior, la diferencia que hay entre las culturas. Hay polvo en las carreteras que llevan a esa ciudad, tanta que apenas se puede distinguir los enormes cráteres dejados por la erosión de la tierra. Definitivamente este lugar es el recuerdo de alguien que cree que no está muerto, pero quiere estarlo por razones que ningún loco tomaría por religión. Nada se entiende. Hay confusión cuando se hace y no se hace en esta comarca hundida por las propias manos de sus habitantes. Sus delirios e idilios se manifiestan en esos rumores sobre la llegada de esa figura mesiánica que redimirá el nombre tanto de la nación como de esa ciudad.
Mientras veo con mi catalejo esa ciudad consumiéndose, diviso a un horáte salir de entre las balaceras gritando de júbilo "¡Vamos Bien!". Al aproximarse a un cruce de caminos que conducen a destinos inciertos, el horáte no sabe qué dirección tomar y decide regresar a la ciudad gritando a todo pulmón "¡Vamos Bien!". Está claro que ese sujeto vive en otra ciudad en donde la gloria es otra y que al no querer adentrarse al corazón de la llanura decide volver al único sitio mortal que conoce y que por desgracia normalizó y ahora llama hogar. Es en serio cuando me refiero a que la Muerte misma se volvió esclava de los hombres. Pierdo de vista con mi catalejo a ese personaje que quiso desertar de su vieja vida, pero tuvo que regresar por indecisión al caer la tarde.
Toda la noche, la ciudad se resquebraja hasta quedar en el silencio. Ninguna ráfaga de balas, sonido de cañones, estallidos, explosiones o gritos se oyeron desde ese lado de la llanura. Todo está en calma. El fuego se prolonga y prevalece ardiendo voraz en medio de la nada, donde apenas unos caceríos atestiguan desde la cierra, la debacle de la que fue su comarca. Por el alba azul y oscura de la madrugada, el sol seguía en sueño y los fuegos se propagaron hasta consumir bosques y llanos hasta la raíz. Desde aquí, creo divisar pequeñas sombras que se mueven entre las llamas. Con mi catalejo no veo nada, así que decido bajar desde este peñasco para ir a ver qué pasa.
Tras caminar horas, llegó a la ciudad incinerada para descubrir un panorama funesto: todo era negro. La ceniza se arremolinaba en el aire y todavía hay ascuas de fuegos sobre charcos de lodo. Busco por sobrevivientes de casa en casan, en edificio por edificio. Nada. No hay señales de nada, ni siquiera por el loco gritón. No hay evidencia de nada que me pueda dar una pista o un indicio que me diga sobre lo que pasó ahí. Todo se consumió no en las llamas de un siniestro descomunal, sino en un mal silencioso. Al no hallar nada que hacer ahí, decidí regresar al peñasco donde monté mi campamento para pasar la noche.
Trato de pensar en qué fue lo que realmente pasó en esa ciudad que decidió arder de la nada, pero no lo sé. Es probable que su población haya actuado bajo los influjos del miedo, la desconfianza, la duda, la paranoia y una gran ansiedad generalizada que derivó en un conflicto tan más irrelevante por algo como el poder. Puedo afirmar en estas páginas a pesar de no tener suficientes evidencias, de que todos y cada uno de los ciudadanos lograron destruirse los unos a los otros en búsqueda del poder en toda su expresión ya sea política, económica social, etc., por cuestiones tan cercanas a estos tiempos tan confusos en los que vivimos en donde hay diversos tipos de poder, pero nunca un poder que genere cambios positivos a través de la comprensión y empatía de las circunstancias para crear oportunidades en aras de un beneficio mucho mayor.
En lo que a me concierne, arde lo que arde aquello que por no conocer sus chispas, incinera todo lo que hay a su alrdedor para describirse en un estado totalmente alterado.