EDITORIAL-LO QUE HONDURAS SE MERECE
Esa es
una frase capaz de desencadenar una larga lista que viene y va, dejando más
dudas que respuestas a lo que debería de ser propiedad de la hondureñidad.
Todos buscan y no son aptos de encontrar, pues han buscado mal en un territorio
cuyo nombre hace referencia a las profundidades, que, dentro de poco, se verá
puesta a prueba por sus habitantes que se yerguen en un proceso electoral
demasiado polarizado. Todos hablan de los futuros que cada candidato a diputado,
alcalde y presidente propone; no obstante, casi nadie ve lo que no hicieron
durante su labor como entes del Estado o se llevaron consigo.
Incitan
por medio de campañas propagandísticas a la división, al odio acérrimo
camuflado con mensajes supuestamente “positivos”, a la protesta “pacífica”, al
goce de una victoria adelantada injustificada en compañía de un largo etcétera.
Drenan entre palabras las esperanzas ajenas, y una vez culminado el proceso,
regresan a ser esa clase política que esparce lo que vuelve al círculo de las
bajezas, algo plenamente natural en el país, la escasez de oportunidades en
todos los pilares que componen a la república.
El
círculo de las bajezas late cuando la oposición habla de la instauración del
chavismo y la entrada al Foro de Sao Paulo, la llaga azul incurable se abre cuando
los oficialistas claman por una democracia que ellos arrastraron con algunos de
los hechos corruptos más frívolos que siguen impunes; mientras que la
mancillada estirpe política de los mártires desfasados, argumentan que
permanecerán en el centro del conflicto, cuando en décadas pasadas, las
palabras de un orador innato levantaron la postura del partido político, hoy
liderado por un exconvicto de la justicia norteamericana.
Ellos
como muchos otros creen tener la máxima solución para que el país prospere, sin
embargo, tienen la solución para que se corrompa más. Creen que merecen el
podio donde reside el poder, en cambio, ese lugar se lo merecen los buenos
hombres y mujeres con alto sentido ético y moral que recuerden, respeten y
honren haciendo uso de valores, la sabiduría de las eras, la voluntad, y el más
elevado sentido patrio, porque esos son las personas que Honduras se merece y
necesita. En las manos de los justos y honestos, reside el valor de esa república. Esas personas peligran en desaparecer, al igual que los actos de
Francisco Morazán al buscar la soberanía de las naciones de Centroamérica.
Ningún candidato (a) político (a) se merece nada, porque al final el cambio esperado, se acerca con un tono que evoca a la debilidad de los justos y honestos, para que lo inhumano e impropio de la civilización sobresalga. La clase política del país en general debe apuntar el dedo hacia adelante, nunca hacia el prójimo, sin importar las características que posea. La población entera debe cuestionarse si ha vivido la vida con dignidad, si ha demostrado que no se ha arrodillado ante nadie, si cada habitante ha sido uno mismo sin imponer reglas lastimando a los más cercanos.
Lo que
Honduras merece, reside en las manos de una población que debe más que nada
romper con los círculos demagogos y oligárquicos para entablar una conexión
amena con su cultura que anhela con su restauración para generar oportunidades a
través de la correcta práctica humana en algo que trasciende de múltiples
maneras como lo es el tiempo.