Una composición
bohemia del 1 y el 9 de mayo
Como el eco de una causa que
lleva décadas clamando por una justicia equitativa para todos, los nombres de
quienes mantienes latente ese ímpetu por preservarlo, no se denigrará por las
hileras de la marginalidad y el olvido histórico con que otros suelen tildarlos.
El primero del quinto mes
funge como un día de voz en todo el mundo, pero que, en Honduras, es motivo
para recordar a esos personajes únicos de la mano de Ramón Amaya Amador, que
vuelven a traer esos colores perdidos de fotos conocidas y que pueden hacer
reflexionar a cualquiera sobre la prisión glauca que impone el hombre hacia sus
semejantes, incluso consigo mismo.
Legacías y linajes de personas
honradas, al pie de una bandera que no es una cortina ideológica, que caminan
recordando los valores y el fervor que le dieron sus ancestros a la edificación
de una nación que no dejara de laborar como el alma de un sistema de provincias
cuya sincronía se marchita.
Reforma a la Ley Agraria,
vacunación masiva contra el COVID-19, alto a la privatización de servicios
públicos, un paro a la corrupción y a la impunidad, entre otras cuestiones son
los señalamientos que más estipulan dirigentes y miembros de grupos sindicales
en sus pancartas ante el constante avance de un pánico que salpica voracidad
ante los errores que se juzgan cual impía inquisición irracional.
No es la esencia de Lenin, lo
que hace que crezcan los campos que están ahogados por las aguas de tormentas
pasadas, sino que son esas hacendosas y arrugadas manos por las que el tiempo
dice ser dueño, las que despejan toda hierba impura de esos llanos en los que
el sol despunta mostrando las heridas abiertas y cicatrizadas de la vida.
Marcha singular y particular,
a la que recurre la sociedad bajo el marco de la lucha por la supervivencia en
una era de la que hay que aprender sin tener segundas o terceras intensiones
pensando más en la recompensa que en el trayecto recorrido y el que sobra.
Responder es útil, pero dudar también lo es.
Según la icónica frase de “el
pueblo unido, jamás será vencido” de la canción Gimme Tha Power del grupo
mexicano Molotov, y aplicado al contexto hondureño, la unión de los diferentes
sectores es la que garantizará un futuro prometedor, sin dejar de lado la
noción o razón principal de la labor para apartar la infructífera
irregularidad.
El sol muestra los parches costurados que cubren agujeros de pantalones y camisas ajenas, las lágrimas por los compañeros que desaparecieron, las expresiones de angustia del día a día por el no saber cómo satisfacer las necesidades básicas entre tantas penurias que asedian sin alguna señal de remordimiento o perdón.
Ellos dan su apoyo
incondicional a los (las) valientes que toman las jeringas cuales fusiles para
aproximarse a las trincheras y curar a los ancianos y a los jóvenes que añoran con
regresar a la normalidad lejana, del que solo tienen presentes momentos del
ayer para cerrar los ojos y sentir el peso de las horas sobre ellos.
Estos (estas) trabajadores
(as), se comprometen bajo el Juramento Hipocrático y el báculo de Asclepio como
blasón celeste, a salir de esta transitoriedad que ha separado en paredes a una
población debilitada por la fatalidad, la miseria y la falta de consciencia que
la abruman y que vigilan a cada instante el momento en que se omita la
seguridad adecuada.
El día en que se publique esta
narración, ya será el noveno día de mayo. Ya habrá pasado una semana de las
marchas en conmemoración del día del trabajador y se convertirá entonces en el
día de la madre, que además de ser la dadora de todo signo vigorizante de la
vida, es quien cimenta el altar de una responsabilidad que perdura en la
memoria de todo individuo, la calidez por la que ellas se esmeraran lo
suficiente para formarnos y hacernos entender que la adversidad se vence con el
furor que le demos en sintonía con lo que nos depara el destino.
Las flores se compran por
montones para regalar y felicitarlas por todo lo que han hecho por nosotros,
sin embargo, hay flores que sirven para decorar lápidas de mármol claro y oscuro
que guardan las animas de madres que han sido abatidas por el emblema desolador
del mundo. No retornan, dejando atrás su trabajo más reconocido, el haber criado
a un caballero o a una dama que harán de sus hogares, moradas definidas por el
deber y el valor.
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