LA TORRE INTERIOR
Vértigo, es esa sensación de ver al inmenso e incomprensible vacío que nuestros sentidos sostienen como lo que queremos alejar, pero con cada pequeño paso descendemos a ese suelo del que nadie quiere tocar porque sabemos que sería el final, el final de todo. Solo que no lo sería porque existen cosas que nos invitan a ver ese vacío de un modo diferente, algo más único para cuanto sentimos y que termina siendo lo que nos faltaba en primer lugar. Esta es una de las muchas formas que puede adoptar ese malestar interno y/o externo que rodea al individuo y a su sociedad y que recibe el nombre de estrés.
Entiéndase al estrés de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) como el "conjunto de reacciones fisiológicas que prepara el organismo para la acción", y que reúne una gama de factores partiendo desde la hormona del estrés conocida como cortisol, que viene cerniéndose en una colectividad marcada por una pandemia que sigue su curso natural acompañada con una revolución cultural mundial que convive en una misma polarización cultural y social que se evidencia en redes sociales.
La supervivencia nos llama, nos advierte que, si no tenemos un papel en el mismo teatro de la vida, no seremos nada ni nadie para siempre. Es aquí donde el estrés adopta una función reactiva de tipo adaptativo y que ejerce una presión terrible, que nubla los estados psicológicos y físicos de los individuos en con junto con otros padecimientos o enfermedades que analiza la salud mental (como la depresión o la ansiedad). Más adentro de su forma, hay una serie de reacciones, que, unidas crean un constructo inevitable, pero que, con la consciencia y la realización sobre nuestras vicisitudes podremos hallar algún modo de conciliarlo.
Reacciones al estrés
Siendo el estrés un trastorno psicosocial, su reacción adaptiva es una combinación de alteraciones emocionales que surgen durante los momentos en donde el individuo trata de relacionarse con el ambiente, esas alteraciones interfieren en el proceso de asimilación de cambios dentro del entorno. La combinación entre esas conmociones emocionales provoca un estado de mortificación en el individuo que empieza a verse sometido en un frenesí de actitudes y sensaciones que lo llevan a sentirse incapaz de afrontar los problemas, de planificar el futuro o de seguir en su cotidianidad.
Existen otras reacciones como el estrés agudo que consiste en una hiperactividad provocada por factores estresantes o el simple acto de alejar todo aquello que resulte discordante para nuestra plenitud, el estrés postraumático, que incita a la hipervigilancia por el peligro de revivir circunstancias que llenaron en su momento de tensión para dejar a su paso la falta de anhelo total de cualquier cosa o anhedonia, al igual que la transformación persistente de la personalidad que apunta hacia el detrimento de la relaciones personales que inducen a la desadaptación del individuo.
Las anteriores reacciones forman parte de un elemento que aunque no lo parezca, ejerce un cambio del cual provoca adentrase en los márgenes de la suma desesperación y la carencia de propósito humano, una carencia que atrae la intrusión mental en compañía con recuerdos negativos y pesadillas constantes incluso cuando se está despierto. El sentir una necesidad de querer alejarse de la realidad o del mundo porque se sabe de antemano que de todos modos se desquebrajará por lo desnaturalizado que es, el actuar siempre a la defensiva porque es un sistema capaz de defender de lo disque "cruel" de hasta las acciones ansiosas que como personas hacemos ante los desconocido.
Estas son las cadenas que algunos suelen llevar en silencio, como una especie de condena que solo puede ser pronunciada ante oídos correctos y capaces que desvelar lo que llevamos o damos por roto.
La torre
No hay sujeto en el orbe que diga o alegue no haber pensado, sentido empatía o apatía por algo en específico, porque en definitiva eso no sería catalogado como humano. Cualquier acontecimiento repercute en un sinfín de idas y vueltas que denominamos vida. La mentalidad esparce sus extremidades a través del subsuelo de la mente que se hace cada vez más honda con cada recuerdo o gran acto de sueño. Son estas acciones del inconsciente, las que llenan nuevamente de vitalidad a los individuos y los hace desenvolverse del más desalmado de los odios o el más conmovedor acto de amor.
Sean cuales quieran que sean los ímpetus de los individuos, estos pueden existir dentro de uno de los 22 arcanos mayores que constituyen al tarot como complejo método de interpretación simbólico (y no como un ordinario y método de adivinación circense concebido por todos). En este caso es la carta de la torre o el arcano 16 del que este artículo toma sustento, ya que, su peculiar ilustración representa la devastación continua de algo edificado por uno o varios implicados que no existen afuera de la estructura, sino que desde adentro empiezan el levantamiento de la torre.
Dentro de la escena de la carta, se dice de la existencia de magnificentes salas, galerías en donde se puede ver el horizonte desde las alturas, que hay pilares que sostienen el techo de recintos dedicados a la divinidad, su cúpula mira hacia toda la tierra y una numerosa cantidad de maravillas que fueron resguardadas del resto de la humanidad.
La torre es habitada por toda la nobleza que quiere con ansias unir los dos puntos (cielo y tierra) para erradicar la incertidumbre que nubla sus espíritus. Todo lo creado por el hombre no perdura por siempre, ya que un cataclismo en forma de centella proveniente de más allá de las nubes destronó la cúspide y la torre hasta derribarla por completo. Sus habitantes cayeron casi muertos y terriblemente asombrados con la vista hacia la torre envuelta en llamas en un último vértigo hacia el vacío.
Significado
Para el psicoanalista suizo, Carl G. Jung, la carta de la torre muestra una escena vociferante que se hunde en un proceso transitorio súbito que está dentro de la superioridad o soberbia propia de los individuos. Una cierta existencia de un agotamiento o desgaste en tantos ámbitos que deben ser tratados al someterse en estricta sanidad mental ante todo y que es móvil de todo estresor que está escondido en un entorno, que aparte de ser volátil, no toma tan enserio los conceptos de un modelo sanitario recién entrante para el medio social actual.
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| Fuente: Pinterest |
La ignorancia o "el don del no saber", se convierte en la justificación libertadora de quien su espíritu es cautivo de la soberbia, o para Jung, el ego en cuestión. Esta disrupción que incapacita al yo y lo somete a una avalancha de emociones, donde aprende que nadie es o debe ser centro de todo, de ser uno con el status quo, del querer subyugar al entorno imbatible, de despertar espiritualmente de una serie de eventualidades y/o coincidencias que inciden en un sinnúmero de tretas mentales que provocan la aparición inconsciente de estresores que conviven con los individuos a cuantos sean los plazos que sean requeridos para erradicarlos de la mente o incluso del espíritu.
La carta de la torre significa la importante implicación de una constancia que no se puede detener, un cambio que tiene que ocurrir mediante una catarsis tanto del individuo como del entorno para crear un nexo con lo que es meramente indomable bajo las instrucciones del hombre, y así, comprenderlo como es. El individuo debe bajarse de su podio y probar el fruto del simple acto de desatarse, la ira reprimida que desemboca en el estado de shock o catatonia que acaba en instantes de iluminación que hacen recordar la mortalidad de la que goza el hombre.
La torre en lo humano
La torre es sinónimo tanto del presagio como de la crisis, es el bastión donde se esconden las palabras y las ideas del resto del mundo, uno que seguirá batiéndose en el latir del tiempo. Por su parte el estrés junto con otros trastornos psicológicos como la ansiedad o la depresión, es lo que provoca la desconexión entre lo mental y lo oculto del espíritu que incita a la falta de oportunidades, a la poca disponibilidad de resolución de los problemas mayores o menores que circundan en la vida.
La pandemia refuerza los mensajes que brinda el arcano de la torre sobre el aislamiento y la fragilidad humana en todo su esplendor. Hay que recordar que una se nutre de la otra y viceversa, por lo que el factor de los "estresores" se multiplica y se repliega ante la percepción de las personas en su medio. El estrés y sus asociaciones adaptativas van dentro del contexto del individuo con la sociedad, esto se da como consecuencia de las discrepancias entre el individuo y las identidades propias de la sociedad.
Los nobles o personajes propios de la carta viven aislados y conociendo solo una forma de existir que es dentro de la alta construcción divisando desde las ventanas el horizonte que brinda nuevas marcas o señales de vida que son ignoradas. Para ellos, el único horizonte que tienen en mente es aquel que habita arriba, más allá de las nubes y justo en el seno de las estrellas. En la vida real, se conoce lo que hay afuera de los muros, no obstante, nos parece tan indistinto, tan igual y algunas veces irreal que se prefiere un aislamiento como un mecanismo de defensa ante lo desconocido, que es el motor de todo estresor.
La torre misma puede llegar a fungir como una estela ideológica o filosófica creada a partir de los edictos puestos en juego por el mismo individuo, por lo que cuando el individuo se apega demasiado a un sistema y crea una serie de expectativas, estas se vuelven demandas que pueden o no albergar razón para más tardar ser conflictos ambiguos que terminan siendo una sobrecarga. Luego, pasará un tiempo en el que el individuo no se dará cuenta que todo por lo que luchó, lucha y probablemente luchará será una carga tan pesada que esta misma es quien hablará por él o ella, a menos que, se afronte y se evalúe un posible cambio.
Si las soluciones que le brinda su cultura son ineficaces hasta el grado de ser escasa, el problema reside en el mismo individuo que no concentra, concilia y disipa sus vicisitudes internas para después desarrollarlas en un proceso de adaptación exterior que mejor le siente. Ese proceso arranca cuando se voltea desde la caída para darse cuenta de esa libertad o salvación de un recinto de la que solo se veía a la distancia y no se podía salir, una liberación de un lugar individual en donde solo se escala hacia arriba, envuelto de complejidades, sincretismos y realizaciones caóticas que hacen querer huir de nuestra naturaleza imperfecta.
Aunque no lo parezca, a veces el individuo ocupa de un cataclismo, de una circunstancia similar al impacto del rayo hacia la torre que le infunda un temor que no se reduzca a la vana ambigüedad con el fin de soltar y deshacerse de su rigidez. Un elemento vago, pero crucial de la carta es sobre la forma en la que suelen caer los personajes que no siempre suele ser de espaldas; sino de manos, porque estas son el principal instrumento para edificar las decisiones que se toman.
En el interior de los interiores del interior
El estrés adaptativo es apenas una de las tantas reacciones que inconscientemente adoptamos, porque es en lo desconocido, donde vive nuestro miedo que se presenta de repente en una fuerza insospechada capaz de tumbarlo todo, y sin uno poder hacer nada en su momento, remerge haciendo uso de principios, valores, conceptos, frases o cualquier otro mensaje que haga a que apuntemos directo a lo que nos haga sentir ese mismo vértigo último o primero para luego desentrañar en catarsis la verdad que tanto se guarece ante la mirada.
Los individuos suelen confundirse en la vastedad de las cuestiones que asedian sus individualidades y la sociedad, tanto que genera conflictos que se manifiestan en lo moral, en sus mismas búsquedas por sus roles sociales y en su salud, y son los roles sociales que se fusionan con las particularidades del individuo, los que propician el trastorno psicológico en el entorno social. En el fondo, esa fusión repercute en la identidad de la persona.
El estrés adaptativo y la torre conservan una similitud ineludible para el ser humano, un tipo de frontera que despierta una amargura que el propio destino no es capaz de cambiar por más que se busquen y hallen respuestas. El estrés adaptativo es como la torre, un sentimiento muy bajo que se adhiere y puede coexistir con el individuo por mucho tiempo, pero si se acepta como es, se puede ir delimitando al igual que otros trastornos psicológicos siempre con ayuda médica profesional. En el caso de la torre, es el mismo estrés, capaz de adquirir cualquier forma que nos engulle ante la sorpresa de la debacle de nuestros propósitos e intereses ante una prosperidad prohibida.
Esto es algo propio de todos, en un sentido pesado, el estrés adaptativo es lo que nos mantiene despiertos ante un enorme cúmulo de circunstancias que penden de alguien que las solucione o las encamine en la senda del eterno ciclo de cambios. Y es que, sin ese llamado al cambio, el sujeto no puede sobrevivir, no puede desatarse en un mundo singular donde todo la mayoría de la veces suele desvanecerse antes de tan siquiera reaccionar, por lo que, hay truenos alrededor de impactan en los babeles que edificamos para que en alguna otra instancia, un desconocido se tope con los remanentes de lo que fue un interior que contenía un sinfín de interiores para conformar un solo interior en donde aquel vértigo inicial sea por fin calma.

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