LA VÍSPERA DE LOS VIENTOS
Artículo de Opinión Escrito por: Pablo D. Moncada
Dos números se repiten para crear la combinación más letal de la cual hemos sobrevivido al filo de la navaja silenciosa que recorre por el cuerpo de un recién nacido hasta el que está a punto de fallecer. Crudo y sin censura, ha sido el comportamiento humano, apostando al azar todo aquel elemento, que circunda la faz del hogar del cual solo quedan remanentes. Nacimos con esta condena que amamos hasta encontrarla sola y sin refugio; es como la eternidad, pero obedece al tiempo regidor de todo inicio y final, sin embargo, decidió usarla para poner a los que se creen únicos, a jugar en un tablero donde las piezas son ciegas y débiles al caer en el seno de lo irracional.
En la perpetua carrera de los astros, arribamos como náufragos a la imagen misma del resonar de los miles de caminos que tomamos para regresar al reinicio de la marcha, solo que esta vez, estamos lejos, atrapados en el sufrimiento que decidimos para retar al inquisidor de las arenas, para cruzar las mareas más salvajes de las horas que pasan, para poder hacer que el poeta o escritor redacte sobre las incontables aristas del nuevo claroscuro que conjura la tinta hecha palabra.
Latente es nuestro esfuerzo por querer de alguna manera sobrellevar la carga, que durante centurias; hemos podido de alguna forma comprender la delicada estructura, ante todo intento, apenas hemos podido superar una minúscula parte de lo inmenso que son nuestros sueños y nuestras promesas vistas en libros que ya no son leídos por nadie; excepto por los hombres y mujeres, que construyen en los cuatro puntos cardinales un futuro extraño, confuso y perdido con una rima que posa en el firmamento, como una respuesta a todo lo que está frente a nuestros pies y que nuestras huellas son lo que nos definirá como eslabones principales de una herencia que delata nuestra fragilidad.
El yugo infligido por nuestros líderes, ahora se transforma en el de ellos, ya que no hay rastros de los martirios que dejaron atrás. No hay un interés que nazca de nuestros cuerpos, solo el moribundo aullido de la avaricia por querer regresar al estado primitivo de una involución selectiva de las masas, que prefieren oír mentiras que realidades lejos de sus percepciones monótonas y sin problemas de lo que les puede deparar el mañana. Siempre habrá un espejo que nos devele el símbolo mortífero de nuestros rostros rotos y dispersos debido a nuestra fragilidad.
“No hay nada, pero puede haber” fueron las últimas palabras de un hombre tranquilo, consciente de las ráfagas de viento que rozaban su piel, como pasajeras temporales de un paso por la existencia de este mundo, y conoció la mística que encierran la sangre y la ceniza como papel y pluma, otorgadoras de toda visión común, la esperanza. No debemos festejar el triunfo de nuestra especie sobre las penurias que merodean sobre nosotros, tampoco quedarnos en silencio olvidando las razones de los pesares abundantes. En sí, tenemos que abrir nuestra mirada al renacer del arte que por derecho nos pertenece y hemos dejado de lado.
Despedidas, hay por todos lados, socavando las bienvenidas de las afueras de las casas que son escenarios que representan la dualidad de un corazón que muestra sin piedad, los latidos desencadenados de la humanidad ante la nueva comedia de índole mitológica. El confinamiento es sinónimo de bendición y maldición, como una contradicción que nos fortalece y debilita, una tesis y una antítesis que proviene de lo que hemos avanzado en nuestro habitar como parte de una legacía sin confines o superficies.
Me ha costado escribir este artículo, después de lo que ha ocurrido a lo largo de este año que solo me hace pensar en tantas historias que están ligadas al progreso colectivo de la humanidad hacia una flama de naturaleza indomable y que nos ha orillado a la prematura extinción que tratamos como si fuera una pesadilla infantil, que, de la noche a la mañana, reclama el poder como la emperatriz original de todo triunfo o calamidad en el globo terráqueo.
Triste es para mí, describir en estos
párrafos el tiempo, la muerte y el renacer como si se tratarán de simples obras
literarias, cuando en realidad son junto a la esperanza, los cuatro vientos que
reinan sobre una víspera que trae a este artículo un sentimiento tan nostálgico
en el sentido de que traté de ser una carta de despedida a todo dolor que me
condujo entre silencios y caminos.
Estamos a la puertas de la desgracia de la humanidad o en las ventanas de observar, dilucidar, aprender y concluir que lo que hemos hecho mediante el ejercivio de la práctica cotidiana tiene que enmendar su error. Llevamos el conocimiento del dominio de la naturaleza demasiado lejos, para burlarnos de ella, creyendo que nos íbamos a salir con la nuestra y una pequeña partícula microscópica, en la forma de un minotauro con miles de cuernos nos tiene con terror de vivir al aire libre. La dinámica es que ojalá aprendamos algún día de estos desmanes, porque la siguiente ola será más destructiva que la de hace 200 o 100 años y la actual. Lamentablemente vivimos en la selva, entre monos imberbes que siguen en una orgia de consumo como si las cosas que hoy sirven y mañana son hierba seca, finalmente se acabarán. Excelsa interpretación del mundo actual que contrasta con esa historia y comedia divina, casi eterna.
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