UN
CORAZÓN DE ZAFIRO
Artículo
de Opinión escrito por: Pablo Moncada
Escucho
la brisa que lentamente se transforma en tormenta, y ésta, en la pesadilla que
aún no para de callarse desde que se marchó hace mucho. Finge ser como una
madre que golpea sin temor a sus hijos, que tratan de esconderse, entre
paredes, pero son encontrados y azotados sin piedad. No aprenden la lección ni
una, ni dos veces; sin embargo, en ellos reside una fuerza que los lleva a ser
un poco más fuertes y avanzar entre promesas y deseos que se mantienen a luz de
candelas o bombillos titilantes.
Nadie
es capaz de volver a esos ríos, quebradas, riachuelos o lugares en los que alguna
vez había agua, porque saben bien, el peligro que representan. Abrieron sus
ojos, caminando en el agua, llevando sus pertenencias en sus manos o espaldas,
unos pidiendo auxilio sobre sus casas. Cerraron sus ojos, mientras escuchaban
el aire rugir como miles de leones en unísono contra sus casas, que sucumbieron
ante el fenómeno natural denominado Tormenta Tropical ETA.
Los
días pasan, y la pesadilla deja un flagelo que aterroriza a todos quienes osen
pasear bajo el horizonte turbulento. Este flagelo, arrebató todo lo que muchos
lograron de diferentes maneras, dejándolos solos, algunos vuelven para sacar
tan siquiera algo del barro, lo que encuentran son nada más que ramas, piedras
y uno que otro cuerpo sin vida. Los teléfonos se vuelven cámaras de la más alta
calidad cinematográfica, al mostrar realidades que emocionan o indignan a una
población atrapada en un suplicio en tiempos desconocidos.
Los
charcos son las cicatrices que deja una tormenta, mientras el sol nos dice que
no hay nada en el horizonte y comete una casualidad, que en lo personal adoro,
y es cuando el sol y las nubes, se juntan, para mostrar una dualidad natural
que aún prevalece, enseñando las sombras por las que todos pasamos de largo sin
ver el astro pasar y esconderse entre las cornisas, ventanas, balcones,
pórticos, etc. En el momento en que lloramos para que nuestras lágrimas se
pierdan en la lluvia que se tiñe del oro de un sol que no arde y se pierde
dejándonos ante su hermana invisible que derrama vino en el cielo durante la
tormenta.
Son 75
mil millones de lempiras lo que cuesta el reparo de la tormenta, y sin embargo,
hay seres que no son mencionados por nadie, dejando a merced a sus futuros
colegas y amigos, cuando después de cuatro años se sometan al dichoso e
intolerante sufragio, que apenas será un presagio del nivel de irracionalidad y
avaricia que puede causar el poder.
Hombres
que defienden la tierra, el mar, el cielo y los bosques en llamas, aunque no
posean alas para cantar al creador, tienen esa llamarada de valentía que posee
el general de las alturas, para salvar a los perdidos de las olas de la
desesperación y la tragedia.
Ellos
como al igual que sus semejantes que se quedaron sin hogar y quienes entregan
lo que no ocupan para sus hermanos de espíritu, tienen esa dicha de poseer un
corazón forjado de las llamas de la humanidad que nos acobija ante el frío y
resplandece como un zafiro de un color azul tan singular, que nos recuerda que,
en nuestras venas, recorre un tipo de sangre que nace de las cenizas y la
espuma.
Podremos
no aprender la lección, quedarnos aquí y esperar mejores probabilidades; pero
la verdad, es que es difícil ver nuestro entorno sumido en la natural
incertidumbre, que cuyo custodio es la pregunta: ¿Qué vamos a hacer ahora?
No sé
si seguir escribiendo este artículo, mientras empiezo a escuchar los inicios de
la lluvia imaginándome ese corazón azul formado de aristas, que brota entre las
penurias del dolor ajeno. Al menos, puedo pensar en ello y no en lo que vendrá de
repente.
Excelentes párrafos arcanos que describen un tragedia humana que se repite cada 20 aňos. Nuestro peiblo está condenado.
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