LA ÉPOCA
DE LAS TORMENTAS GEMELAS
Artículo
de Opinión escrito por: Pablo D. Moncada
Cada
vez que miro al cielo, solo miro la imagen en mi mente de uno despejado, sin señales
de nada más que el sol, sin embargo, este me revela lo que oculta; catástrofe,
una invisible pero repentina catástrofe. En mi artículo anterior, hable sobre
el corazón de zafiro que radica en lo más profundo del ser que habita las
abismales capas de las aguas y del trópico tormentoso, pero ese corazón se
extravía y en secreto se rompe en pequeños pedazos que son secuestrados por dos
espectros hijos de la titánide original y hacen el nombre de nuestro país,
tenga un sentido más karmático que normal.
En una
época llena de inocencia desconocida e ingenuidad desbordante como las arterias
fluviales del mundo, el frío que traen consigo estos fenómenos, nos hace
vulnerables ante el continuo padecimiento de malestares que varían de impacto
hacia voluntades que pecan sin saber que el dolor que trae esta época, es la
misma que hace dos décadas, y las mentiras de nuestra tan preciada humanidad,
se vuelven en meras insignias de lo que el olvido puede generar, en estas vidas
sin finales. Las formas en el cielo traslucido son el reflejo de los vendavales
que azotan las pieles de la negligencia.
Ya no
puedo hablar de la tormentas, ni de la naturaleza del clima, porque es como abrir
un viejo libro de historia, que ha
juzgado bien y mal el destino, que siendo un eje de la finalidad humana, es el
que dicta como hemos caminado a lo largo y ancho de esta nación. Pocas son las
esperanzas y muchas son las casualidades que están a la par, pero si lugar a dudas,
es la lluvia la que calla nuestras voces que vociferan clamando por el avance,
cuando no podemos avanzar si una nación que sigue sin aprender, curar, construir,
entre una gama de factores continúe llevando en el lomo el recuerdo de una
época, en donde son los mismos corderos, quienes se silencian con las garras de
los lobos.
Un
lugar donde nuestros rostros son de vidrio y nuestros cuerpos de porcelana
blanca que no es sinónimo de paz, sino del vacío que nace en medio de tempestades
que lucen como velocistas, naciendo y muriendo en el mar, llevándose consigo lo
remanente de bahías que exclaman ya no ser parte de una tierra subyugada a la
naturalización decadente que gira como
un espiral que en vez de alejar bestias hematófagas, atraen a los mismos
usuarios al estar bajo la influencia de una comodidad errónea e irracional.
Una época desolada, por el furor de una desaparición inoportuna, por la manía de encontrar esos últimos instantes, en los que perdimos y encontramos en el seno de todo evento que estuvo al margen de arrastrarnos hasta llegar a ser la cicatriz que no para de sangrar.
Con la
suerte que yace en lo inverosímil de nuestra mirada, hay miles de cartas en el
mazo, y solo una que no cesa de tallar en nuestros cuerpos, el beso abrupto que
nos dio la muerte, en medio de una cura ardiente que pasa por delante sin reaccionar
y de cuales los viejos cuervos de la peste negra nos separan con sus báculos
para ahogarnos ante la llegada de dos fenómenos que avanzan sin piedad,
haciendo aparecer ríos por donde habían campos áridos y regidos bajo la ley de
la semilla que crece sin importar la roca, maleza o mano que la someta. “Inútiles”,
ese es el nombre con el que estas tormentas nos bautizaron.
No
existe un antes y después, solo la cuenta de las horas que se desperdician en
la mesa de las eras que ahora, parecen estar quietas, susurrando lo que somos
todos. En una sola voz, millones de oraciones, son mencionadas por generaciones
que piden salir de estos tiempos sin identidad, cuando lo peor, es que ni
siquiera sabemos si tenemos eso en lo que precede, es y continua.
Inmersos
en la sed y el hambre, vemos todavía las grietas, las hondonadas y los escombros
bajo nuestros pies, siempre conscientes que la labor de levantarnos cae en las manos
de quienes intentan de un modo u otro trazar las visiones y misiones de una
tierra debilitada por un presagio trae canciones tristes de antaño sobre una
navidad sumergida en aguas carmesíes, cuyos destellos oscuros son los restos
quirúrgicos de los médicos que atienden lo que resurge entre en pavimento.
Ellos
trazan esas visiones y misiones con una luz minúscula, como si fueran
luciérnagas aferradas a la intranquila negrura de los apagones. No saben lo que
es tener goteras que fingen ser manecillas de un reloj, ni saben lo que es
descubrir el miedo a luz de candelas que hacen rememorar las más fiera
pesadillas que solo pasan en la mente de los que toman a la nocturnidad como otra
simple amante. Mientras las lenguas de quienes habitan este país sigan cruzadas,
más conoceremos los ecos de épocas que se definirán con signos de una tormenta
venidera.
La
esencia de la briza, no más es indicio que hay algo que trasciende el ojo calmado
de la tormenta que no podemos alcanzar y que se despierta lejos de las costas
que sirven de limita contra una de las tantas fronteras que podemos conocer.
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