martes, 24 de noviembre de 2020

Artículo de Opinión-LA ÉPOCA DE LAS TORMENTAS GEMELAS

 

LA ÉPOCA DE LAS TORMENTAS GEMELAS

Artículo de Opinión escrito por: Pablo D. Moncada

Cada vez que miro al cielo, solo miro la imagen en mi mente de uno despejado, sin señales de nada más que el sol, sin embargo, este me revela lo que oculta; catástrofe, una invisible pero repentina catástrofe. En mi artículo anterior, hable sobre el corazón de zafiro que radica en lo más profundo del ser que habita las abismales capas de las aguas y del trópico tormentoso, pero ese corazón se extravía y en secreto se rompe en pequeños pedazos que son secuestrados por dos espectros hijos de la titánide original y hacen el nombre de nuestro país, tenga un sentido más karmático que normal.

En una época llena de inocencia desconocida e ingenuidad desbordante como las arterias fluviales del mundo, el frío que traen consigo estos fenómenos, nos hace vulnerables ante el continuo padecimiento de malestares que varían de impacto hacia voluntades que pecan sin saber que el dolor que trae esta época, es la misma que hace dos décadas, y las mentiras de nuestra tan preciada humanidad, se vuelven en meras insignias de lo que el olvido puede generar, en estas vidas sin finales. Las formas en el cielo traslucido son el reflejo de los vendavales que azotan las pieles de la negligencia.

Ya no puedo hablar de la tormentas, ni de la naturaleza del clima, porque es como abrir un  viejo libro de historia, que ha juzgado bien y mal el destino, que siendo un eje de la finalidad humana, es el que dicta como hemos caminado a lo largo y ancho de esta nación. Pocas son las esperanzas y muchas son las casualidades que están a la par, pero si lugar a dudas, es la lluvia la que calla nuestras voces que vociferan clamando por el avance, cuando no podemos avanzar si una nación que sigue sin aprender, curar, construir, entre una gama de factores continúe llevando en el lomo el recuerdo de una época, en donde son los mismos corderos, quienes se silencian con las garras de los lobos.

Un lugar donde nuestros rostros son de vidrio y nuestros cuerpos de porcelana blanca que no es sinónimo de paz, sino del vacío que nace en medio de tempestades que lucen como velocistas, naciendo y muriendo en el mar, llevándose consigo lo remanente de bahías que exclaman ya no ser parte de una tierra subyugada a la naturalización  decadente que gira como un espiral que en vez de alejar bestias hematófagas, atraen a los mismos usuarios al estar bajo la influencia de una comodidad errónea e irracional.

Una época desolada, por el furor de una desaparición inoportuna, por la manía de encontrar esos últimos instantes, en los que perdimos y encontramos en el seno de todo evento que estuvo al margen de arrastrarnos hasta llegar a ser la cicatriz que no para de sangrar.

Con la suerte que yace en lo inverosímil de nuestra mirada, hay miles de cartas en el mazo, y solo una que no cesa de tallar en nuestros cuerpos, el beso abrupto que nos dio la muerte, en medio de una cura ardiente que pasa por delante sin reaccionar y de cuales los viejos cuervos de la peste negra nos separan con sus báculos para ahogarnos ante la llegada de dos fenómenos que avanzan sin piedad, haciendo aparecer ríos por donde habían campos áridos y regidos bajo la ley de la semilla que crece sin importar la roca, maleza o mano que la someta. “Inútiles”, ese es el nombre con el que estas tormentas nos bautizaron.

No existe un antes y después, solo la cuenta de las horas que se desperdician en la mesa de las eras que ahora, parecen estar quietas, susurrando lo que somos todos. En una sola voz, millones de oraciones, son mencionadas por generaciones que piden salir de estos tiempos sin identidad, cuando lo peor, es que ni siquiera sabemos si tenemos eso en lo que precede, es y continua.

Inmersos en la sed y el hambre, vemos todavía las grietas, las hondonadas y los escombros bajo nuestros pies, siempre conscientes que la labor de levantarnos cae en las manos de quienes intentan de un modo u otro trazar las visiones y misiones de una tierra debilitada por un presagio trae canciones tristes de antaño sobre una navidad sumergida en aguas carmesíes, cuyos destellos oscuros son los restos quirúrgicos de los médicos que atienden lo que resurge entre en pavimento. 

Ellos trazan esas visiones y misiones con una luz minúscula, como si fueran luciérnagas aferradas a la intranquila negrura de los apagones. No saben lo que es tener goteras que fingen ser manecillas de un reloj, ni saben lo que es descubrir el miedo a luz de candelas que hacen rememorar las más fiera pesadillas que solo pasan en la mente de los que toman a la nocturnidad como otra simple amante. Mientras las lenguas de quienes habitan este país sigan cruzadas, más conoceremos los ecos de épocas que se definirán con signos de una tormenta venidera.

La esencia de la briza, no más es indicio que hay algo que trasciende el ojo calmado de la tormenta que no podemos alcanzar y que se despierta lejos de las costas que sirven de limita contra una de las tantas fronteras que podemos conocer.

  


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