EL OTRO LADO DE LA FURIA
Artículo de Opinión escrito por: Pablo D. Moncada
Hombre, poder y deseo. ¿En qué se relacionan estas tres palabras?, la verdad
reside en cada uno de los que día con día viven, persiguiendo un sueño que
simplemente acaba cuando éste se vuelve realidad de otra realidad que nosotros
creamos al vencer los obstáculos de una vida tan burbujeante que nos engloba en
la tangencia de lo que volvemos a hacer. La furia aparece en respuesta a una
reacción que nosotros vemos como la contraposición de nuestros antojos, sin
embargo la furia, nos lleva a una serie de situaciones en las que nos cegamos
por completo, esta repentina ceguera es la que desde siempre ha estado debajo de
nuestros ojos, y en este caso, aparece sin que lo notemos.
Es la furia la que
conecta al hombre como antagonista principal, al poder como el medio de reacción
y el deseo, como lo primero que ve y quiere manipular.
A que me refiero con esta
explicación, lo que me refiero, es que el mundo en general no ha visto el otro
lado de la furia, no a la felicidad como una vía de escape serena, sino el lado
que consume a cualquiera que tenga el poder o el recurso para llevar a cabo su
deseo. Dos hombres que se han visto representados como bestias, se enfrentan a
una justa por el dominio de una nación que mantiene desde siglos el mismo
discurso de un mundo unido y sin cadenas, cuando las únicas piezas de metal que
la atan son la discriminación, las balas arremetidas contra sus semejantes y la
búsqueda de seguir abriendo heridas más la decisión de fracturar los legados de
sus predecesores. O mejor aún cuando existen sistemas de poder que siguen los
patrones de la tiranía, la injusticia, la frialdad que atentan y envenenan a la
democracia, transformándola en la pesadilla del griego Aristóteles, la
demagogia.
El pulso de la mortalidad y de las ganas de vernos unos a otros
sumidos ante el brillo de lo que creemos perfecto es lo que nos consume y nos
hace pusilánimes, porque el poder es lo que mantiene viva la furia en donde sea
que estemos. Nos criamos en una suposición, y de eso vivimos toda nuestra vida,
rodeados de una perfección subyugada en la memoria incapaz de aseverar la
totalidad de una persona, dejándonos en un espacio de descontrol, cuya versión
final, culmina en la culpa que se hereda, sangre por sangre. Todos escondemos
furia, pero que sucede cuando se desata sobre una población que cruza las
fronteras de lo que creemos, eso es algo que reside en cada uno de nosotros. Hay
ciudades que tiemblan al escuchar un ruido que denomino el “sonido del miedo”,
que nace de lo más profundo de los corazones que habitan sobre las veredas y
caminos cubiertos de asfaltos.
Son las mentiras las que dan rienda a una visión
de una perfección errante, que hace de estos tiempos; uno sin moralidad, y donde
vemos en medio de la desorbitante faz de la obra, la otra cara de algo que
persiste y nos mueve hacia lo que queremos. Dejar una herencia en medio de polvo
y cenizas de una nación que seguirá luchando por una igualdad madre de la
diferencia cautelosa, es como dejar un tesoro en una isla sin nombre, a merced
de cualquier cosa. No somos conscientes de lo que merecemos, lo buscamos, lo
hayamos y al final, regresamos al inicio. Corremos sin vencer la sed de nuestros
errores y eso nos hace artífices de un arrepentimiento que no cesa en el fondo.
Cada quien vio en su adoctrinamiento una esperanza tan densa y cubierta de verdades,
que nunca se pudieron borrar, que nunca desaparecieron con todos aquellos que
vieron más de lo tenían en sus manos.
Donde el soñar es nada más un juego cruel,
donde los títeres intentan ahorcarse en sus propios hilos, mientras los
titiriteros los botan o los olvidan para buscar más en el espectáculo que
generan de la manera errónea. Nadie juzga a los buenos ladrones y sentencia a
los malos inocentes, porque es la mentira más preciada que podemos ofrecer a
quienes vendrán por una senda de confusión y tentación al querer más sus deseos
que recordar quienes fueron alguna vez. No cambiaremos, por estar ligados al
deseo de otros así como de los nuestros. El anhelo que cumplimos solo es el de
nuestras ilusiones que renacen para ser custodios vacíos de lo que al fin
obtuvimos. Es inútil decir que nada vale la pena, pero cómo podría valer, si es
esta cara de la furia la que nos induce en buscar el valor en todo.
Una cara que
se repite en los reflejos de nuestra mente y nos hace sentirnos nuevos. En
nuestro suplicio, ni siquiera aprendemos la lección, que somos y seremos quienes
orquestaron un destino mucho más desconocido del que hemos forjado hasta ahora.
Lo único que nunca vimos fue lo que dejo la tormenta, una realidad nacida de un
mundo turbulento y de la enfermedad que es recibida como un huésped entre las
ventanas que solo quieren la desolación de los rincones más miserables de una
metrópolis que funge como el monumento para que miles marchen a un páramo donde
solo encontraran las huella de un devorador de personas, que no tiene nombre y
su prole se reproduce sin pensar, volviendo a traer temas tan obsoletos que
podrían servir para otros artículos.
Las pláticas de entre mesa, ahora tratan de
cómo sobrevivimos encerrados como canarios, fingiendo tener de un lado un
revólver y del otro una ramita seca de laurel, mientras nos sentamos a mover las
cartas o las piezas de cualquier juego lúdico con el fin de ignorar el hecho que
nuestros hogares almacenan más anécdotas que nuestras existencias plagadas de
los cánticos de Dante. No hablo de odio, pues eso no es lo que transmito, mi
conclusión final es que la furia, es una compleja combinación de emociones y
sentimientos que forman la destreza del cómo nuestra racionalidad, sufre por
nuestros actos y la irracionalidad funge como un guía ideológico en lo que
fungimos como caracteres distópicos de un mundo extraño y carente de
perspectivas universales.
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