lunes, 2 de noviembre de 2020

Artículo de Opinión-EL OTRO LADO DE LA FURIA

EL OTRO LADO DE LA FURIA 
Artículo de Opinión escrito por: Pablo D. Moncada 

Hombre, poder y deseo. ¿En qué se relacionan estas tres palabras?, la verdad reside en cada uno de los que día con día viven, persiguiendo un sueño que simplemente acaba cuando éste se vuelve realidad de otra realidad que nosotros creamos al vencer los obstáculos de una vida tan burbujeante que nos engloba en la tangencia de lo que volvemos a hacer. La furia aparece en respuesta a una reacción que nosotros vemos como la contraposición de nuestros antojos, sin embargo la furia, nos lleva a una serie de situaciones en las que nos cegamos por completo, esta repentina ceguera es la que desde siempre ha estado debajo de nuestros ojos, y en este caso, aparece sin que lo notemos. 

Es la furia la que conecta al hombre como antagonista principal, al poder como el medio de reacción y el deseo, como lo primero que ve y quiere manipular. 

A que me refiero con esta explicación, lo que me refiero, es que el mundo en general no ha visto el otro lado de la furia, no a la felicidad como una vía de escape serena, sino el lado que consume a cualquiera que tenga el poder o el recurso para llevar a cabo su deseo. Dos hombres que se han visto representados como bestias, se enfrentan a una justa por el dominio de una nación que mantiene desde siglos el mismo discurso de un mundo unido y sin cadenas, cuando las únicas piezas de metal que la atan son la discriminación, las balas arremetidas contra sus semejantes y la búsqueda de seguir abriendo heridas más la decisión de fracturar los legados de sus predecesores. O mejor aún cuando existen sistemas de poder que siguen los patrones de la tiranía, la injusticia, la frialdad que atentan y envenenan a la democracia, transformándola en la pesadilla del griego Aristóteles, la demagogia. 

El pulso de la mortalidad y de las ganas de vernos unos a otros sumidos ante el brillo de lo que creemos perfecto es lo que nos consume y nos hace pusilánimes, porque el poder es lo que mantiene viva la furia en donde sea que estemos. Nos criamos en una suposición, y de eso vivimos toda nuestra vida, rodeados de una perfección subyugada en la memoria incapaz de aseverar la totalidad de una persona, dejándonos en un espacio de descontrol, cuya versión final, culmina en la culpa que se hereda, sangre por sangre. Todos escondemos furia, pero que sucede cuando se desata sobre una población que cruza las fronteras de lo que creemos, eso es algo que reside en cada uno de nosotros. Hay ciudades que tiemblan al escuchar un ruido que denomino el “sonido del miedo”, que nace de lo más profundo de los corazones que habitan sobre las veredas y caminos cubiertos de asfaltos.

 Son las mentiras las que dan rienda a una visión de una perfección errante, que hace de estos tiempos; uno sin moralidad, y donde vemos en medio de la desorbitante faz de la obra, la otra cara de algo que persiste y nos mueve hacia lo que queremos. Dejar una herencia en medio de polvo y cenizas de una nación que seguirá luchando por una igualdad madre de la diferencia cautelosa, es como dejar un tesoro en una isla sin nombre, a merced de cualquier cosa. No somos conscientes de lo que merecemos, lo buscamos, lo hayamos y al final, regresamos al inicio. Corremos sin vencer la sed de nuestros errores y eso nos hace artífices de un arrepentimiento que no cesa en el fondo. Cada quien vio en su adoctrinamiento una esperanza tan densa y cubierta de verdades, que nunca se pudieron borrar, que nunca desaparecieron con todos aquellos que vieron más de lo tenían en sus manos.

 Donde el soñar es nada más un juego cruel, donde los títeres intentan ahorcarse en sus propios hilos, mientras los titiriteros los botan o los olvidan para buscar más en el espectáculo que generan de la manera errónea. Nadie juzga a los buenos ladrones y sentencia a los malos inocentes, porque es la mentira más preciada que podemos ofrecer a quienes vendrán por una senda de confusión y tentación al querer más sus deseos que recordar quienes fueron alguna vez. No cambiaremos, por estar ligados al deseo de otros así como de los nuestros. El anhelo que cumplimos solo es el de nuestras ilusiones que renacen para ser custodios vacíos de lo que al fin obtuvimos. Es inútil decir que nada vale la pena, pero cómo podría valer, si es esta cara de la furia la que nos induce en buscar el valor en todo.

 Una cara que se repite en los reflejos de nuestra mente y nos hace sentirnos nuevos. En nuestro suplicio, ni siquiera aprendemos la lección, que somos y seremos quienes orquestaron un destino mucho más desconocido del que hemos forjado hasta ahora. Lo único que nunca vimos fue lo que dejo la tormenta, una realidad nacida de un mundo turbulento y de la enfermedad que es recibida como un huésped entre las ventanas que solo quieren la desolación de los rincones más miserables de una metrópolis que funge como el monumento para que miles marchen a un páramo donde solo encontraran las huella de un devorador de personas, que no tiene nombre y su prole se reproduce sin pensar, volviendo a traer temas tan obsoletos que podrían servir para otros artículos.

 Las pláticas de entre mesa, ahora tratan de cómo sobrevivimos encerrados como canarios, fingiendo tener de un lado un revólver y del otro una ramita seca de laurel, mientras nos sentamos a mover las cartas o las piezas de cualquier juego lúdico con el fin de ignorar el hecho que nuestros hogares almacenan más anécdotas que nuestras existencias plagadas de los cánticos de Dante. No hablo de odio, pues eso no es lo que transmito, mi conclusión final es que la furia, es una compleja combinación de emociones y sentimientos que forman la destreza del cómo nuestra racionalidad, sufre por nuestros actos y la irracionalidad funge como un guía ideológico en lo que fungimos como caracteres distópicos de un mundo extraño y carente de perspectivas universales.

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